Portada Narrativa Poesía Ensayo Teatro Literatura fantástica ¿Quiénes somos?
Enlaces y concursos Crítica Taller Cine, TV, radio y cómic Tan lejos y tan cerca Rincones literarios


Cine TV Radio Varios Cómic  
 

SENSACIONES DE NEÓN 


 

    Era una tarde calurosa de julio. Mi padre y yo dejábamos pasar el tiempo en el vestíbulo del cine Coliseum de Barcelona, antes de la proyección de una de aquellas películas musicales que tanto le agradaban. Me hablaba de películas de Billy Wilder y Howard Hawks, mientras yo reparaba en el juego de luces y sombras dibujado en la acera de la calle, reflejo de los frondosos plátanos mecidos por una suave brisa. Ya entonces estas imágenes me hacían sentir, en algún lugar del alma, un poquito de tristeza y un poquito de alegría, aderezado todo con unas gotas de melancolía. Una emoción estética difícil de explicar. Es posible que Fellini sintiese algo parecido cuando retrataba un grupo de personajes bailando en una playa deshabitada, al son de una música circense. Woody Allen nos muestra un elefante solitario en una playa otoñal o unos grotescos individuos esperando la aparición de seres de otros mundos en el atardecer de un desierto imposible. Buñuel hace retumbar los tambores de Calahorra al paso de la tentación que acecha en las soledades.

   Había pocas personas en la amplia sala de proyección, lo que permitía a mi padre ir diciéndome con tranquilidad el nombre de los músicos y bailarines que aparecerían sucesivamente en la película de jazz. Al salir del cine nos dirigimos a una heladería de la Gran Vía donde tomamos unos sorbetes de cava. La conversación discurrió sinuosamente entre la vida y el cine. La charla se consumó disertando de Dublineses, de John Huston, una obra maestra con un final de carga emocional intensísima. Esta exaltación emocional o éxtasis también la experimenté en Pat Garret y Billy de Kid, de Sam Peckimpah, cuando Dolores del Río sigue con la vista a su marido, herido por el impacto de una bala; éste se encamina renqueante a expirar en un río del oeste americano, mientras escuchamos de fondo Knockin on heaven doors de Bob Dylan. El rictus de la actriz es de una plasticidad sobria pero suficiente para transmitir el sufrimiento que padece. Es una escena de una "belleza" indescriptible.

   Cuando salimos a la calle,  un crepúsculo de fuego bañaba de naranja nuestra tez. Con los ojos chispeantes y un sentimiento de complicidad a flor de piel, nos bastó un ligero roce de miradas para saber que aquella tarde nunca la olvidaríamos. Fue el preludio de una pasión compartida entre ambos por el cine, la literatura y la filosofía.

   Escribo estas líneas en la terraza del bar de un viejo puerto pesquero. Una brisa marina me acerca una melodía procedente de una lejana feria ambulante. La voz desgarradora de Liza Minelli rompe el silencio de este anochecer evocador: "Live is a cabaret old cham..." Una canción que me alegra, me apena, y deja un poso de nostalgia en mi hondo sentir.

Cristian Alemany, mayo 2005

(A mi padre)

 

VOLVER A PORTADA GENERAL DE CINE, TV, RADIO Y CÓMIC