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EN UN RINCÓN DE PALMA
El otoño tardío ha llenado de nostalgia las calles de Palma. Este desajuste temporal ha sorprendido a los estorninos, que inquietos y confusos vuelven a poblar las copas de los árboles. La ciudad, cauta y emprendedora, recupera la vitalidad –ocasionalmente menguada por la canícula- que le corresponde. En esta tesitura, algunos espíritus melancólicos rescatan, de un recóndito “cajoncito” de la memoria, registros sentimentales subyacentes. Si bien estos generan emociones punzantes, cuando son colectivos y públicos restañan, en parte, las heridas. Actualmente, la desaparición de lugares emblemáticos de nuestra ciudad parece importarnos poco. Esta mutación de espacios públicos (más o menos populares) debería entrar a formar parte de la memoria colectiva. Sin embargo, para que esto se produzca, es necesaria una educación sentimental profesada por intelectuales, medios de comunicación e instituciones políticas de ámbito local. Pero la realidad es otra bien diferente. En los últimos años, seis cines de Palma han cerrado sus puertas: ABC, Palacio Avenida, Lumiere, Hispania, Astoria y Rialto. El ABC y el Palacio Avenida se disputaban protagonismo en un tramo de unos cincuenta metros aproximadamente, de la Avenida Alexandre Rosselló, junto a la Plaza España. El cine Lumiere, en la avenida San Fernando, era el único cine situado al oeste de Palma, ofreciendo sus servicios, como una lúdica prostituta, a los vecinos de Es Fortí, Son Espanyolet y Santa Catalina. En la calle Benito Pons i Fàbregues estaba el cine Hispania, entre los populares barrios de La Soledad, Son Gotleu y Pere Garau. En el vestíbulo del cine Astoria, situado frente al Teatro Principal, languidece todavía el cartel publicitario de su última proyección: “Secuestrando a la señorita Tingle”. Da la sensación, al pasar por su lado, que una corriente sensorial inefable eriza las fibras sensitivas. No muy lejos, en la calle San Feliu, el cine Rialto, antiguo teatro de variedades, también nos ha dejado. En el interior, unos palcos de madera noble con asientos forrados de terciopelo granate y unas largas columnas rematadas en bóvedas, resultaban una singular obra arquitectónica de valor indudable. Era uno de los pocos lugares de Palma que desprendía la esencia vívida de un pasado popular. A todos ellos van dedicadas estas palabras, bien intencionadas pero insuficientes, que intentan evocar estas fábricas de sueños. En una mesa solitaria del café nostalgia, un escritor de relatos oníricos contempla, a través de antiguos ventanales, una fina lluvia de recuerdos. Cristian Alemany, 2005 |