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Consideraciones sobre la Literatura Fantástica por Toni Martínez Jover
No olvidemos, además, que todavía pervive en los ambientes académicos la absurda y prejuiciosa costumbre (tan enraizada en el pensamiento de la erudición oficial que lo parasita como una enredadera yedrosa y enturbia su mirada) de considerar la narrativa de corte fantástico un género menor, y eso cuando se es más tolerante; cuando no se es tanto, directamente se la tiene por un subproducto marginal y de valor nulo. Esto dificulta aún más, si cabe, el empeño de componer una definición satisfactoria para la Literatura Fantástica: ésta no se suele estudiar en las aulas ni es explicada en los libros de texto, por lo que prácticamente se carece de fuentes y referentes analíticos de base que puedan servir de apoyo. Y he dicho "prácticamente" pretendiendo no ser empírico en mi afirmación: sí existen esas fuentes de referencia, y con firmas tan garantes de calidad como lo serían, por ejemplo, las de los argentinos Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo1, los franceses Louis Vax2 e Irène Bessière3, la estadounidense Rosemary Jackson4, o los españoles Antonio Risco5 y José Javier Fuente del Pilar6… Todas ellas, empero, están construidas desde una libertad de cátedra tan amplísima y varia que, en definitiva, cuando uno se asoma a las orillas de la empresa en cuestión, oséase describir el género fantástico, no puede evitar la sensación de estar sumergiéndose en un cenagal de arenas un tanto movedizas que podrían engullirle.
Tengo mi propia opinión, cómo no, acerca del porqué de esta patología de la que adolecen nuestros académicos, y digo "nuestros" pues, si bien la epidemia es de carácter universal, en España los síntomas se manifiestan de forma especialmente preocupante. Es evidente que, a excepción hecha del pornográfico, ningún género goza de una acogida popular tan cálida como el fantástico, ni genera un mercado tan amplio y productivo. Y cuando se halla tanta satisfacción en sentirse vanagloriosamente perteneciente a una élite o aristocracia intelectual, el eco de todo lo que suene a "pueblo" es por lo visto interpretado como "propio del vulgo ignorante": todo aquello que triunfe mercantilmente en esta sociedad capitalista en la que vivimos, que tan obligado es despreciar desde los ámbitos cultivados, pasa a ser "Literatura barata"… siempre y cuando no haya sido firmado desde las propias poltronas del señorío docto e ilustrado, claro está.
Pocos son los que desde dichas poltronas se paran a pensar, sin embargo, que cuando escudriñamos en el pasado buscando edades de oro para la Literatura, épocas en las que la creatividad, la calidad y la promiscuidad literaria fueron cogidas de la mano, nos trasladamos indefectiblemente a momentos históricos en los que poetas y literatos eran acogidos y celebrados por el pueblo con entusiasmo. Pocos se detienen a preguntarse, mientras pronuncian el manido lamento "la gente no lee", qué fue lo que dio entonces la Literatura al público, qué la convirtió en un fenómeno de masas y, al mismo tiempo, le permitió nutrirse de su propio éxito para legarnos una riqueza inmensa de creación artística.
Pero si continúo por este camino de exposición convertiré este artículo en un alegato apologético, y no en lo que pretende ser. Así que mejor será dejarlo para otra ocasión, y pasar directamente a la pretenciosa bizarría de querer definir la Literatura Fantástica:
Filólogos, literatos y eruditos de toda índole han intentado, desde finales del siglo XIX y hasta hoy, establecer unos límites concretos dentro de los que ubicar la novela y el relato fantásticos tal y como hoy los entendemos. Ha sido una tarea difícil, pues no se ha prestado a determinar unas fronteras claramente consolidadas. Aún así, podemos hacernos una idea orientativa de a qué debemos llamar propiamente Literatura Fantástica: sin duda, a aquella que, desde finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, viene tomando como escenario de acción mundos imaginarios o trasladando al real la dinámica de éstos.
Dentro de esta definición improvisada, y siguiendo en la línea de intentar dotar de una estructura de convención al género, entre las múltiples variantes que puede presentar una obra literaria fantástica se dibujan tres subgéneros más o menos bien definidos: el de Terror, en el cual el elemento fantástico, casi siempre a través de la ultratumba o lo demoníaco, irrumpe para desestabilizar el orden de las leyes naturales, provocando en el lector el desasosiego y a la vez excitando (las más de las veces haciendo servir la misma mecánica que el relato de misterio) su curiosidad por lo oculto; el de Ciencia-Ficción, en el que lo maravilloso se concibe a través de las posibilidades del progreso científico, abriendo las puertas a escenarios "fingidos" o "ficticios", casi siempre contextualizados en mundos futuros o extraterrestres distintos del nuestro; y el de la Fantasía, el propiamente dicho y más paradigmático del género, a veces también llamado de Fantasía Heroica, Fantasía Épica o Espada y Brujería: en él, y a través del lenguaje de la novela de aventuras, de la capa y la espada y de la magia medievalesca, de lo épico y lo mitológico, se concibe un rico terreno de especulación narrativa que sumerge al lector en fabulosos universos en los que todo es posible.
Es de lógica evidente que esta clasificación ha de entenderse únicamente como orientativa. Así, por ejemplo, la Fantasía Heroica suele caracterizarse muy a menudo por su contenido "simbólico" y "moralizante", en la línea más puramente heredada del mito y del cuento: sus héroes protagonistas suelen ser personajes altruistas que en su entrega sacrifican su propio interés en favor de un bien mayor, se tiende en ella a un lenguaje de lectura desenfadado y hermoso, a veces hasta "ingenuo" en su apariencia, así como al posicionamiento en una óptica positivista e idealista como la que se hace inmediatamente patente al leer la más célebre y grande de las novelas fantásticas del siglo XX: The Lord of the Rings, de John Ronald Reuel Tolkien. Sin embargo, no ocurre lo mismo con lo que sería el subgénero de Espada y Brujería, si lo comprendemos desde una visión purista: en él las fronteras entre el Bien y el Mal no aparecen tan claramente definidas, el lenguaje es estéticamente más frío y grave, y la perspectiva se torna pesimista, más "realista", a veces incluso agria y cínica; los héroes protagonistas se vuelven supervivientes natos, casi nietzschianos, y llevan a cabo sus hazañas en un mundo hostil y corrupto motivados en principio sólo por su propio egoísmo, siendo a menudo ladrones, piratas, mercenarios e incluso asesinos a sueldo. Así sucede, por ejemplo, en los relatos de Conan, el celebérrimo personaje concebido en la fértil imaginación de quien fuera el pionero de la Espada y Brujería, Robert Ervin Howard. Pero aun diciendo todo esto seguiría generalizando demasiado gratuitamente, por lo que insisto de nuevo en que estas aseveraciones por mi parte lo son sólo a título orientativo.
Por otro lado, si los géneros y subgéneros de la Literatura se mezclan entre ellos y contagian fórmulas, elementos y características casi por norma obligada, los fantásticos tienden a ello quizá todavía con mayor efusividad, apareándose sin pudor alguno para dar lugar a gran número de gradaciones y posibles etiquetas taxonómicas. Un claro ejemplo sería el del subgénero que se ha convenido en llamar de Terror Cósmico, cuya pluma madre, en los años 20 del pasado siglo, fue la del genio de Providence Howard Phillips Lovecraft: aunque tampoco sería del todo justo describirlo así sin matizar, en él se conjugan componentes propios de la Ciencia-Ficción (como sería el contactismo extraterrestre), de la Fantasía Épica (como sería el esquema mitológico), y del Terror (como sería lo sobrenatural y demoníaco), resultando en un estilo narrativo cruel, y de poderosa fuerza sugestiva, que abandona al lector a las puertas de un abismo donde debe enfrentarse a la toma de conciencia de su propia insignificancia ante la vastedad del espacio y el tiempo.
Podríamos continuar matizando hasta la saciedad, pues la variada pintoresca de la Literatura Fantástica se presta a ello: sus fronteras subdivisorias interiores son volubles y maleables como la misma Fantasía, y como lo son igualmente sus fronteras exteriores… Porque, ¿dónde empieza y acaba lo fantástico? ¿Pertenecerían, por ejemplo, A Brave New World de Aldous Huxley y 1984 de George Orwell a la Literatura Fantástica de Ciencia-Ficción, por su escenario futurista y perspectiva visionaria? ¿o no lo harían, pues ambas son ubicables perfectamente dentro de la Ficción-Denuncia y la Utopía, y porque su carga filosófica es demasiado grave para que se las "degrade" a la condición de "novelas fantásticas"? ¿Lo haría Fausto de Johann Wolfgang von Goethe a la Literatura Fantástica de Terror, por su estética de lo sobrenatural y el uso de la irrupción demoníaca como vía para el discurso de la acción? ¿o no, pues es Dramaturgia y además su profundidad simbólica trasciende demasiado la aparente simpleza de la narrativa terrorífica?
Yo no me atrevo a contestar estas preguntas. Y aunque lo hiciera, antes quizá debiera intentar definir qué es fantástico y qué no lo es. José Javier Fuente del Pilar6 propone como descripciones de lo fantástico aquéllas que: propongan "un planteamiento de ruptura del orden reconocido", oséase de lo que es natural; permitan "la irrupción de lo inadmisible en el seno inalterable de las leyes cotidianas", oséase de lo mundanamente palpable; favorezcan "la intrusión del misterio en la vida real", entendiéndose dicho "misterio" como "lo extraño", "lo incomprensible"; o procuren "el encuentro con lo inexplicable".
Tomad cada una de esas cuatro descripciones de lo fantástico, añadidle alguna más de vuestro propio cuño si os parecen insuficientes o insatisfactorias, y decidid vosotros mismos a qué debéis llamar Literatura Fantástica y a qué no. Yo no lo voy a hacer, no soy quién. Tan sólo quisiera animaros a que, si no lo estáis haciendo aún, ampliéis vuestra perspectiva y dotéis a vuestra capacidad de disfrutar y asimilar el Arte de una franja de recepción todavía mayor, y a que nunca despreciéis el inmenso tesoro que yace oculto en los estantes donde, tan sólo por llevar la etiqueta "fantástico" pegada en la portada, reposa toda esa "Literatura menor" marginada por el prejuicio... Perderíais la oportunidad de asomaros a un rico y fructífero cosmos que os está esperando desde hace tiempo, hambriento de vuestras almas, con las puertas abiertas.
Eso sí: una vez dentro de los universos de la Fantasía, mantened la templanza y aferraos como sanguijuelas a vuestra cordura si es que sentís apego por el mundo "real" que os vio nacer... Pues los incautos que ignoraron este consejo no regresaron nunca jamás.
Toni Martínez Jover, 2005. |
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NOTAS:
1 Antología de la Literatura Fantástica, 1940, de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo.
2 L'Art et la Littérature Fantastiques, 1960, de Louis Vax.
3 Le Récit Fantastique, 1974, de Irène Bessiére.
4 Fantasy, the Literature of Subversion, 1981, de Rosemary Jackson.
5 Literatura y Fantasía, 1982, de Antonio Risco.
6 Antología del Cuento Fantástico Hispanoamericano del siglo XIX, 2003, de José Javier Fuente del Pilar. |
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