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LA ESPERANZA


 

 

La Esperanza llegó a medianoche, como una cenicienta, exhausta después de una larga y penosa jornada. Se vivían días críticos en la Tierra, hambres, pestes y guerras, y en esas condiciones era mucho más difícil para ella trabajar… No porque la gente fuera menos receptiva, si no más bien por todo lo contrario: había una demanda imperiosa. No tenía tanto trajín desde la II Guerra Mundial.

 

Elegante, pero con esos ademanes sencillos que caracterizaban su manera de moverse, empezó a quitarse el vestido. Era el verde de siempre, aquel que le habían ofrendado los humanos en tiempos paganos, cuando aún andaban preocupados por darle sentido a lo abstracto y dotar de trascendencia a cosas como el ciclo de las estaciones, el florecer de los campos y los bosques en primavera, o la abundancia de la caza.

 

Cuando hubo terminado de desprenderse de él me quedé mirándola: me había dicho a mí misma siempre, y de verdad que no por celos, que desnuda no todos los ojos la hubieran visto hermosa. Una cosa era la bella Esperanza universal, la Esperanza con mayúscula y su vestido verde, y otra la de cada uno: atender a todo cada uno a la vez era tarea ardua, pues algunos se esperanzaban con la desesperanza de los demás, o viceversa, y el esfuerzo de ser bella de maneras tan dispares y contrarias combinaba muy mal y le tenían la piel muy agrietada y llena de estrías.

 

Aunque una cosa era cuando se quitaba el vestido y otra cuando se desprendía de la piel: ¡ah, mi hermosa Esperanza de aire, irisada como un arco de San Martín, maleable y frágil como humo que se lleva el primer soplido de brisa que venga de lado, pero constante y firme, siempre volviendo, siempre decidida a no disiparse! ¡Cómo la quería yo, a pesar de la distancia que nos había separado desde hacía tanto tiempo, a pesar de nuestros dispares destinos! ¡Ah, mi hermana! Lo cierto es que me encantaba espiarla cuando, antes de hacer su ronda nocturna de almohada en almohada, salía a pasear por los bosques de madrugada, especialmente si la noche era de invierno y el cielo estaba nublado. Era emocionante: yo me escondía en la sombra de los árboles más viejos y retorcidos, o entre los arbustos más densos y espinosos, y ella pasaba por mi lado radiante y resplandeciente, iluminándolo todo y haciéndome correr en busca de oscuridades a las que no hubiera llegado aún su fulgor. Nunca hizo gesto alguno de saber que yo estaba allí, pero estoy convencida de que así era. Incluso quizá también disfrutaba con aquel juego, quién sabe...

 

La cuestión es que la había estado esperando hasta que llegó, y cuando lo hizo no pude evitar la tentación de seguir escondida hasta que acabó de desvestirse. ¡Nos íbamos a reencontrar después de innumerables milenios, pero yo quise disfrutar de ese precioso instante a solas unos minutos más, admirándola! Cuando por fin me dejé ver, ella lo intuyó de inmediato. Supongo que no supe disimularlo, que en seguida leyó en mis ojos el por qué venía a verla…

 

"¿Va a suceder hoy, verdad?", me preguntó. Fui incapaz de contestar. Me quedé muda, quizá balbuceé… No lo sé, pero no conseguí pronunciar una palabra. Sus ojos se empañaron, no sé si de emoción o de tristeza, cuando comprendió que, efectivamente, mi silencio significaba que sí, que iba a ocurrir ya y que quería despedirme. Mas ¡cómo sería, mi hermosa Esperanza, que aún así me sonrió tiernamente y me abrazó! Y fue aquélla la sonrisa más terriblemente bella, y aquél el abrazo más estremecedoramente agradable, que había sentido en mis incontables evos de condenada inmortalidad.

 

Me pidió que me sentara enfrente de ella, y así lo hice. Tomó mis manos entre las suyas, y con voz suave me susurró: "Pasemos esta última noche juntas. Al fin y al cabo, tú has contribuido casi tanto como el Viejo en darle sentido a mi existencia: ¿qué hubiera sido de mí sin ti, mi hermana?" Quise devolverle las amables palabras, pues también hubiera carecido de toda razón mi ser sin ella, pero no supe hacerlo, torpe de mí.

 

Estuvimos así, cogidas de las manos, toda la noche, y nos relatamos la una a la otra cómo nos había ido todo a lo largo de las Edades. Intenté hacerle confesar que sabía que a veces la había estado espiando en los bosques, pero no lo conseguí. Ella no paró de sonreír un solo momento, y yo creo que no paré de temblar. Al fin, cuando empezaba a amanecer, sonaron espantosas las Trompetas, y la Parca, por primera vez, salió de su guarida, guadaña en alto, sin carcajear estridentemente. Un estruendo abominable resonó en el Tiempo y el Espacio, y todo tembló. Las criaturas del Mundo comenzaron a sucumbir una tras otra, y la Esperanza ya no estaba con ellas: ya no la tenían para sí pues estaba frente a mí, sonriéndome a mí, sólo a mí…

 

Apenas unas horas después sentimos expirar al último de los seres humanos. ¡Me sentí profundamente triste por ello, qué contradicción para conmigo misma! El Fin empezaba a consumarse: ahora nos tocaría a nosotros, a los dioses menores, los arquetípicos que sin la Humanidad ya no significábamos nada. Ella comenzó a disiparse antes que yo, poco a poco, pero sus manos permanecieron aferradas a las mías hasta el último instante. "Quizá nos volvamos a ver, hermana… ¿Quién conoce los caprichosos designios del Viejo?" Esas fueron sus últimas palabras. Y al escucharlas… fui yo la que sonrió. "Sí… ¿Quién los conoce?", le contesté. Y se esfumó para siempre.

 

Eso fue hace apenas unos minutos. A mí no me deben quedar muchos más, pues pronto me extinguiré también. Pero, "¿quién conoce los designios del Viejo?" Me aferro a esas palabras, hermana… En la hora de la Muerte de Todo has conseguido la más importante de tus victorias, tu triunfo definitivo: has puesto tu semilla en mi moribundo corazón, el corazón de la Desesperación. Me has vencido.

 

Toni Martínez Jover, 2005

 

P. D. Con la "esperanza", precisamente, de que Edward John Moreton Drax Plunkett, Lord Dunsany, haya dado su consentimiento a la inspiración de este cuento desde el Más Allá al que un día le condujera la barca de Caronte.

 

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