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R. E. Howard (1906-1936)

 

 

 

 

 


Robert Ervin Howard: El Hombre que Soñó Brillantes Reinos


 

 Nota previa: Es obligado, antes de que los puristas - a quienes presento mis más sinceros respetos - pongan el grito en el cielo, confesar que adolezco de cierta manía personal que me hace ver muy bellas, dentro de un texto escrito en lengua castellana, las grafías que le son propias. Es a causa de ello que en el uso de la toponimia y gentilicios howardianos suelo optar por transcripciones como "hiborio" antes que "hyborio", o "cimerio" antes que "cimmerio": prefiero eludir - siempre que tenga la opción y sea procedente - la transcripción anglizante, pues la castellana tiene la suya propia, perfectamente legítima - sobre todo cuando nos expresamos en ella - e igualmente hermosa. En lo que a nomenclatura howardiana se refiere, no estoy solo en el empeño pese a que no sea lo más acostumbrado: ya en 1983, Javier Martín Lalanda, pionero del ensayismo howardiano en nuestro idioma, exponía en Sobre la Traducción de los Nombres de Naciones y Étnicos en las Obras de Robert E. Howard1 varios porqués al respecto, la mayoría de los cuales suscribo.

 

 

     "Sabe, oh príncipe, que entre los años en que los océanos anegaron Atlantis y las resplandecientes ciudades, y los años de la aparición de los hijos de Aryas, hubo una edad no soñada en la que brillantes reinos se extendieron por la Tierra como el manto azul entre las estrellas (…) Allí llegó Conan, el cimerio, cabello negro, adustos ojos, espada en mano, ladrón, salteador, asesino, de grandes tristezas y grandes alegrías, dispuesto a pisotear con sus pies calzados en sandalias los enjoyados tronos de la Tierra".

 

    No es gran originalidad recurrir al texto anterior2 como introducción a un artículo sobre la figura de Robert Ervin Howard, el Cuentista de la Estrella Solitaria3: se ha hecho más de una vez en tratados sobre su obra y vida, ediciones de sus relatos e, incluso, en las adaptaciones a la literatura gráfica de las aventuras de su más célebre personaje, Conan de Cimeria. Pero es tal la belleza y fuerza poética de este párrafo, y tan magníficamente resume y expone el estilo howardiano, que no he podido resistirme a la tentación de incluirlo yo también.

 

     Robert E. Howard fue, ante todo, un soñador. Soñó, entre otras cosas, con eras extraviadas en la remota memoria de la Humanidad, con una Historia apócrifa imaginada a través de la mitología y la épica paganas; soñó con la geografía de un mundo engullido por el olvido, con un escenario donde lo humano había convivido, en tiempos pretéritos, con lo mágico y lo demoníaco. Howard soñó, en definitiva, con espacios donde tuviera cabida la inmensa capacidad de abstracción y trascendencia de su hambriento espíritu, que no hallaba su lugar en el mundano contexto de una realidad que despreciaba y en la que se sentía extraño. Howard soñó, como tantos otros soñadores solitarios... Pero él era poeta: las puertas hacia sus sueños las dejó abiertas, y abiertas siguen, para que todos pudiéramos cruzarlas.

 

     Junto a la del insigne John Ronald Reuel Tolkien, la obra de Robert E. Howard ha sido la que más ha influenciado la narrativa fantástica del siglo XX y lo que llevamos -y está por venir- del XXI. Aunque no debe obviarse que la semilla ya estaba plantada por otros autores como Lord Dunsany, fue el pionero del género que hoy llamamos Fantasía Épica o Espada y Brujería. Desde los años 30 del pasado siglo, cada vez que una pluma o unos dedos tecleantes -incluso un lápiz o un pincel- han dibujado los contornos de la espada de un héroe de fantásticas edades mediavalescas o imaginados mundos mítico-épicos, no han hecho sino continuar la senda que en su día fuera inaugurada por Howard, recogiendo en ella el polvo de las huellas que éste dejara en sus primeros tramos.

 

      El 22 de diciembre de 1906, Robert Ervin Howard, hijo único de Isaac Mordecai Howard y de Hester Jane Ervin, vino al mundo en el seno de una familia de la pequeña burguesía, descendiente de colonos, del Sur norteamericano. Lo hizo en la ciudad de Peaster, estado de Texas. Su primera infancia transcurriría en un constante ir y venir entre Texas y Oklahoma, en busca de un lugar donde Isaac Mordecai pudiera ejercer de forma estable su profesión, la medicina. En 1919, cuando Robert contaba con trece años de edad, su familia se asentó definitivamente en Cross Plains, pequeña población situada en el corazón mismo de Texas, entre las ciudades de Brownwood y Abilene.

 

     El impacto de las costumbres y maneras de aquel medio rural en el joven Robert, un chico tímido y retraído, callado y reposado, amigo de los libros y excesivamente apegado al amor de su posesiva madre, fue traumático: pronto se convirtió en el blanco de las burlas crueles de los mozos vecinos de Cross Plains, y en víctima de las palizas de los jóvenes vaqueros más bravucones del lugar. Aquello sería para Howard causa de una importante inadaptación social, origen de diversos trastornos psicológicos -como el sonambulismo que le acompañaría durante toda su adolescencia- y motivo para, de por vida, adoptar una actitud de constante suspicacia ante el prójimo.

 

     Fue de esta manera que el joven Howard se volvió hosco y se sumió aún más en su propio mundo intelectual y en sus libros, donde encontraba su lugar en el orden de las cosas que no alcanzaba a hallar en el ambiente real y físico que le rodeaba. La adversidad de esas mismas circunstancias haría también que naciera en su carácter un severo afán de superación y marcado instinto de la supervivencia; en pocos años, el otrora apocado Robert se convertiría en un atlético muchacho del que ya nadie se burlaba, pero aún lo suficientemente excéntrico e introvertido como para no llegar a integrarse nunca de forma plena entre los jóvenes de Cross Plains: ahora se le respetaba, sí, pero también se le temía, y continuaba por lo tanto siendo el mismo solitario de siempre.

 

     En 1922, a los dieciséis años, Robert fue enviado a la Escuela Secundaria de la vecina ciudad de Brownwood, donde pudo encontrar un contexto mucho más adecuado a su personalidad e incluso llegó a hacer algunos buenos amigos. Su paso por Brownwood sería de una vital importancia: allí fortalecería su carácter, combinando la entrega a los estudios con toda suerte de trabajos -desde empleado en una sastrería a jornalero en un campo petrolífero, entre muchas otras cosas-. En el boletín de la Escuela Superior, The Tattler, comenzaría además a ejercer la escritura, acabando así de tomar forma en su ánimo una vocación literaria que ya estaba sembrada en su corazón desde mucho antes de salir de Peaster. En julio de 1925, Robert Ervin Howard publicaba su primer relato, Spear and Fang -Colmillo y Lanza, una aventura protagonizada por un hombre prehistórico- en la revista pulpe4 de sede en Chicago Weird Tales (Relatos Extraños).

 

     Por aquellos años, Howard se uniría a un grupo de jóvenes de entusiastas inquietudes literarias -entre los que se encontraban Harold Preece5 y Tevis Clyde Smith6-, para dar nacimiento a una revista periódica, The Junto. Escribiría también para el diario local, The Yelow Jacket, y editaría sus propios fanzines -The Golden Caliph y The Right Hook- para dar salida a sus poemas, borradores de relatos y artículos. Asimismo, Howard colaboraría en The All Around, el fanzine de su amigo Tevis Clyde Smith. Aquella fue la época más plena emocionalmente en la vida de Robert, durante la cual encontró un cierto sentido a su existencia y algo de satisfacción en sus relaciones sociales.

 

     Pero en 1927, finalizados sus estudios, Howard hubo de regresar a su casa paterna en las afueras de Cross Plains para reencontrarse con los fantasmas de su infancia y la vida en una comunidad por la que ningún interés sentía. Las relaciones familiares, para más inri, no eran las más cómodas. De inmediato su personalidad volvió a ser aquella gravemente taciturna de antaño y se sumió de nuevo en una soledad en la que apenas había más sitio que para su amada madre Hester Jane Ervin -a pesar de la complicada relación de dependencia-posesividad que mantenían- y, sobre todo, su fiel perro Patches. Se retrajo así en una existencia de monótona rutina: cada mañana, Robert acudía en coche hasta Cross Plains para atender sus asuntos y rápidamente volvía a casa para ocuparse de su caballo, entregarse a su pasión por el ejercicio físico -lo cual acabaría por proporcionarle una apariencia realmente abrumadora- y, sobre todo, para escribir.

 

     De esta manera comenzó la época más fecunda en la vida literaria de Howard: infinidad de relatos y poemas brotarían de su imaginación por aquellos años, y pronto la escritura se convertiría en su medio de sustento. La revista Weird Tales acogería cada vez con mayor entusiasmo su trabajo y, llegó a ser tal su éxito en la misma que, en poco tiempo, fue la figura más importante de cuantos figuraban periódicamente en el índice. En dicha publicación compartiría espacio con nombres tales como los de Edgar Rice Burroughs, Clark Ashton Smith, Robert Bloch, August Derleth y el propio Howard Phillips Lovecraft, con quien acabaría manteniendo una activa comunicación epistolar y curiosa amistad por correspondencia que ha resultado de sumo interés para los biógrafos y estudiosos de ambos autores. Señala Juan Carlos García Herranz como sus "diálogos y discusiones -a veces muy subidos de tono- adquirieron tal intensidad intelectual que pueden ser merecedores de un estudio aparte; cada uno defendía con la energía del soldado y la nobleza del caballero sus respectivas posturas intelectuales y vitales"7. Fue Lovecraft quien, en cariñosa ironía ante el carácter efusivo y condición tejana de Robert E. Howard, le bautizaría con el apodo de Bob Two-Gun, Dos Pistolas.

 

     Aparentemente, Howard había conquistado la calma en su vida, pero su alma y su mente seguían siendo un torbellino tumultuoso de conflictos. La relación con su madre era dependiente de forma enfermiza y probablemente la rezón de su escaso y frustrante contacto con el sexo opuesto: lo más parecido al amor de una mujer que Howard tuvo a lo largo de su biografía fue la amistad con una profesora de colegio, Novalyne Price, que ni siquiera acabaría bien. La falta de alicientes fuera de su vida intelectual, su inadaptación social y su quebradiza salud psicológica comenzaron a cristalizarse de forma preocupante a partir de 1930, tras la muerte de su amado perro Patches -cuyos huesos enterraría en su propio jardín-. Los bruscos e injustificados cambios de humor se hicieron habituales en su actitud, sus manías persecutorias alcanzaron tintes patológicos, se obsesionó con la idea que la muerte estaba llamada a alcanzarle en su total lucidez y plenitud física y la trascendencia de sus pensamientos comenzó a galantear con los límites de la cordura. Echó entonces raíces en su mente una fatal idea: la de no sobrevivir a la muerte de su madre, ya gravemente enferma de lo que, con el tiempo, se acabaría diagnosticando como cáncer. Desde la adolescencia, Howard siempre había coqueteado con el suicidio.

 

     El 10 de junio de 1936, Hester Jane Ervin entraba en coma irreversible. En la cumbre de su carrera profesional, casi a la misma hora que su madre fallecía, Robert Ervin Howard se introducía en su coche y ponía fin a su tormentosa vida psicológica disparándose en la cabeza: el Cuentista de la Estrella Solitaria no había cumplido todavía los treinta años de edad cuando dejó bruscamente de soñar entre los vivos. Sus restos descansan hoy, junto a los de sus padres, no en Cross Plains -donde tan ingratos momentos viviera- sino en el cementerio de la ciudad donde otrora transcurriera su etapa de mayor plenitud emocional: Brownwood.

  

     A su muerte, Robert E. Howard había dejado un legado de cerca de doscientas cincuenta historias, ciento cincuenta de ellas publicados en vida. Había sido, básicamente, un autor de relatos, y tan sólo firmó tres novelas cortas: Red Nails, The Hour of Dragon8 y la incompleta Almuric, todas ellas publicadas por entregas en Weird Tales -las dos primeras- y Marvel Tales -la última-. No fue la fantasía épica, en cuya línea concebiría su célebre Edad Hiboria y ambientaría a personajes como Conan o Kull, su único campo de acción: también había abordado la ficción histórica -con el picto Bran Mak Morn, los irlandeses Cormac Mac Art y Turlogh O'Brien, o las espadachinas Agnes de Chastillon y Sonya la Roja-, el relato de aventuras -con Solomon Kane, Francis Xavier Gordon o Kirby O'Donnell-, las historias de pioneros del Oeste norteamericano -con Breckenridge Elkins y Buckner Jeopardy Grimes-, la ciencia-ficción -con Esau Cairn y sus andanzas en el planeta Almuric -, el género de terror e incluso el cuento erótico -firmando con el seudónimo de Sam Walser-.

 

     Especial mención merece dentro de la obra de Howard, como variante de su acostumbrada ficción histórica, los relatos del llamado ciclo de la memoria racial, en los que sus protagonistas -a través de alguna suerte de extraña remembranza heredada o, simplemente, de una atinada locura- vivían como propias las hazañas de antiguos guerreros nórdicos o celtas. En esta serie de cuentos, entre los que destacaron los protagonizados por el paralítico James Allison, se ha pretendido ver la influencia de Edgar Rice Burroughs y su novela The Star Rover, o El Vagabundo de las Estrellas; desde otra perspectiva, sin embargo, el ciclo de la memoria racial no sería sino la proyección de la propia imaginación de Howard, cuya celtofilia -siempre se había mostrado orgulloso de que corriera por sus venas la sangre de colonos escoceses- le llevó a menudo a soñar con el recuerdo de aventuras realmente vividas por personajes de la Antigüedad o el Medioevo célticos.

 

     Los críticos de la literatura howardiana suelen señalar en su obra la influencia en cuanto a temática, además de la del ya citado Edgar Rice Burroughs, de autores como Jack London, Talbot Mundy, Harold Lamb y Robert William Chambers: en Howard fueron habituales los mundos perdidos, las selvas y orientes exóticos, los ambientes aventureros, las historias de cosacos, exploradores, espadachines… Añadiría yo, ya puestos en el empeño, a Jules Verne y a Arthur Conan Doyle, además de a Algernon Blackwood y Lord Dunsany, en lo que a naturalezas de misterio y onírica, respectivamente, se refiere.

 

      De tal especie de comunión entre autores del círculo Weird Tales se alimentarían también otros escritores como Clark Ashton Smith, Robert Bloch o August Derleth. Pero si tuviéramos que destacar a alguien por ejercer un peso verdaderamente notorio dentro de la materia howardiana, probablemente éste sería aquel excéntrico y peculiar amigo epistolar con el que mantuviera tanta y tan intensa correspondencia: el genio de Providence, Howard Phillips Lovecraft, quien mucho lamentara en 1936 no haber decidido acercarse a Cross Plains antes de que un disparo suicida segara la vida de su apreciado Bob Dos Pistolas. Howard y Lovecraft no sólo se influyeron mutuamente, sino que además intercambiaron generosamente personajes, elementos y conceptos de sus respectivos panteones literarios: así, por ejemplo, el ocultista Friedrich Wilhelm von Juntz y su grimorio Unaussprechlichen Kulten -literalmente, los "Cultos Innombrables"- fueron un préstamo howardiano a la galería de figurantes de los relatos de Lovecraft. A pesar de que en su momento la nombradía del autor tejano superó con creces a la del taciturno creador de los mitos de Cthulhu -cuya obra pasó más bien desapercibida en vida-, es justo señalar que la influencia de éste sobre aquél fue mucho más profunda que a la inversa. A través de Lovecraft y su percepción del Universo, llegaría hasta Howard el concepto del terror cósmico, del tiempo infinitamente abrumador y de la insignificancia de la cotidianeidad humana, instrumento para liberar la idea -o quizá convicción- de que el ser humano no podía ser la única criatura inteligente del cosmos… ni mucho menos la más poderosa.

 

     Howard, sin embargo, canalizaría los conceptos lovecraftianos con menor gravedad, permitiendo un mayor protagonismo y trascendencia a lo humano. A diferencia de la de Lovecraft, la obra howardiana fue neta, menos profunda, más fácilmente accesible e interpretable desde la perspectiva de lo mundanal. En ella hubo un viso de esperanza del que careció la literatura del genio de Providence, y una fe más optimista en la capacidad del Hombre -aunque fuera a través de un punto de vista más individualista que colectivo-. Todo ello se puede advertir en el trato de sus personajes que, ya se tratase de aventureros, reyes, piratas o espadachines, fueron siempre una proyección de las propias convicciones e ideales de Howard: mostraban un carácter fuertemente independiente, eran muy a menudo vagabundos anárquicos situados fuera de la ley e incluso perseguidos; sin embargo, también eran hombres o mujeres hechos a sí mismos que, gracias al instinto de supervivencia y a la fuerza de la voluntad, se transformaban en individuos únicos, que precisamente por ello podían adoptar el rol de héroes salvadores y rescatar a sus congéneres de las redes de una sociedad corrupta. Al fin y al cabo, Howard no había quedado del todo al margen, como sí Lovecraft, de los tópicos y convencimientos propiamente norteamericanos: el más pobre o marginado de los hombres ha de poder, por su propio esfuerzo, abrirse camino en la vida e incluso -como Conan de Cimeria- llegar a convertirse en rey.

 

     Howard y Lovecraft tuvieron también en común una concepción cíclica de la Historia que usaron para concebir eras primordiales -o futuras- en las que desarrollar sus relatos: en este caso no estamos hablando de ninguna influencia mutua, sino más probablemente de una herencia compartida. Ríos de tinta han corrido acerca de las posibles fuentes tanto de uno como de otro, pues en su literatura parece evidenciarse que ambos debieron beber de doctrinas de corte blavatskiano o teosófico; algo que sin embargo, de ser así, debería haberse podido interpretar en sus legados epistolares; muy al contrario, Lovecraft siempre aparentó ser un absoluto escéptico y la pasión de Howard por las mitologías paganas -también muy latentes en su obra- se confesaba el resultado de su total agnosticismo. De hecho, es elocuente al respecto que la única potencia divina a la que realmente estuvieron sometidos los personajes de Howard fue la del Destino. El propio dios cuyo nombre siempre era invocado por Conan, Crom -inspirado en el Crom-Cruach céltico, el gusano del tiempo sin duda emparentado en su figura y etimología con el Cronos griego-, era un dios indiferente que ni sentía piedad por los hombres ni todo lo contrario. Tan sólo una pista parece relacionar a Howard con lo teosófico: sabemos que su madre había leído Doctrina Secreta, escrita en 1888 por Helena Petrovna Blavatsky -para algunos biógrafos valientes, Hester Jane Ervin habría sido una iniciada teósofa, pero aquí entraríamos ya en el camino de la libre especulación-.

 

     El concepto cíclico del desarrollo de la Historia en Howard se tradujo, como bien define Martín Lalanda, en un "darvinismo en su doble sentido: evolución e involución"9. En la Historia apócrifa howardiana, la Humanidad había pasado por distintos ciclos en los que, a partir de estados homínidos inferiores, había ido evolucionando hacia la condición plenamente humana, dando nacimiento a la cultura y, paulatinamente, al desarrollo de espléndidas civilizaciones; éstas, tarde o temprano, terminaban cayendo por la acción del Destino: cataclismos las destruían sumiendo a sus habitantes en la miseria y la hambruna, de manera que el ser humano involucionaba cultural y físicamente volviendo al estado paleolítico -e incluso prehumano- para, desde él, comenzar de nuevo un lento y esforzado camino ascendente.

  

     En cuanto a estilística, podemos decir que la pluma howardiana se caracterizó por su animosa belleza y su prodigioso vigor. Su prosa fue despreocupada y no demasiado pulcra, huida de refinamientos y más interesada en la expresión certera que en el virtuosismo, trasluciendo una latiente emotividad que era capaz de fluctuar desde el desenfado más holgado a la gravedad más profunda. El lenguaje howardiano alcanzaba su mayor expresión en la descripción épica, bebida sin duda de la poesía medieval y con tendencia a la metáfora poética al más puro estilo germánico, como bien advierte en La Canción de las Espadas Javier Martín Lalanda9: los campos de batalla de Howard no eran simples espacios de violencia, sino "festines de espadas" o "manteles de cuervos".

 

     Muchos analistas de su obra han coincidido en describir la palabra de Howard como dotada de vida propia, pues parecía manar de algún lugar de su alma más que de su mente. La lectura detenida de su literatura hace comprensible que, en su epistolario, Howard dejara dichas extrañas cosas como: "Si bien no llegaré tan lejos como para afirmar que los relatos son inspirados por espíritus o poderes que existen realmente -aunque tampoco me opongo a negar nada categóricamente- en ocasiones me he preguntado si sería posible que ciertas fuerzas ignoradas del pasado o del presente -o incluso del futuro- actuasen a través de las acciones de los seres vivos."10 Ante afirmaciones tales, parece adquirir una nueva dimensión el sentido de los relatos del mencionado ciclo de la memoria racial; no hay que olvidar que el propio Conan -antepasado de los celtas- tenía cabellos negros y "adustos ojos" azules, como el mismo Howard -descendiente de celtas-.

  

     También singular, y bastante menos conocido fue el Howard poeta. Los versos howardianos, como su prosa, fueron vigorosos y de gran fuerza, profundos y a veces hasta demencialmente hermosos en su búsqueda de trascendencia. Lovecraft definiría la poesía howardiana como "extraña, belicosa y aventurera", diciendo de ella que "poseía el auténtico espíritu de la balada y la épica" y que "se hallaba marcada por el latido de la rima y una poderosa imaginería del temple más inconfundible y personal".

 

     Así entendía el propio Howard -con palabras que bien pudieran imaginarse años después en labios de Robert Graves- el arte poético: "Los pequeños poetas cantan de cosas pequeñas; de esperanzas, de alegrías y fe; de pequeñas reinas y reyes de juguete, de amantes que se besan y se unen, y de modestas flores que se cimbrean al Sol. Los grandes poetas escriben con sangre y lágrimas y agonía que, como las llamas, devoran y arrasan. Alcanzan la ciega locura con sus manos, en la noche; sondean los abismos que representan la muerte; se arrastran por golfos donde serpentea la locura y locas y monstruosas pesadillas que quieren destruir el mundo."

 

 

Ved como arde imperecedero el Fuego Perdido.

Hechos estamos del moho de los eones.

Las naciones han hollado nuestros hombros,

pisoteándonos en el polvo.

 

Somos la primera de las razas,

uniendo lo Viejo y lo Nuevo…

Mirad, donde los espacios del mar nebuloso

se mezclan con el azul del océano.

 

Así nos hemos mezclado con las eras,

y el viento del mundo remueve nuestras cenizas.

Nos hemos desvanecido de las páginas del Tiempo.

¿Nuestro recuerdo? Viento en los abetos.

 

(Fragmento de Hombres de las Sombras11)

 

 

¿Fue un sueño lo que trajo el loto negro?

Entonces, maldito sea el sueño que angustió mi vida,

y maldita la rezagada hora que no ve

la cálida sangre goteando del cuchillo de color carmesí.

 

(Fragmento de La Canción de Belit12)

 

 

     Hoy hemos hablado de Robert E. Howard con una familiaridad tal que, si volviéramos la cabeza a fechas anteriores a 1970, se esfumaría casi por completo. Y es que apenas unos años después de su muerte, ante el retroceso de la popularidad del fenómeno pulpe en Norteamérica y obviado por la aristocracia intelectual literaria, Howard fue prácticamente olvidado. A la labor de un núcleo de discípulos, en especial la de Lyon Sprague DeCamp y Lin Carter, hemos de agradecer la resurrección de la literatura howardiana, a partir de 1955. En 1970, Roy Thomas y Barry Windsor-Smith adaptarían magistralmente a la literatura gráfica la primera aventura de Conan para la casa Marvel: desde entonces, la popularidad de Robert E. Howard ha alcanzado cotas inimaginables ni en su mejor momento durante la era Weird Tales, inundando las librerías de títulos con su nombre y los de un buen número de continuadores de su legado que han ambientado nuevas aventuras y personajes en los mundos por él concebidos.

 

            Y, dicho todo esto "solamente queda ya, tras ajustar el arnés, calar el yelmo, y desenvainar el arma, invocar a Crom y lanzarnos al combate para dar comienzo a la canción de las espadas": son palabras de Javier Martín Lalanda9, el pionero del ensayo howardiano en lengua castellana que varias veces he mencionado ya en este artículo. Abramos, pues, las páginas de cualquiera de las docenas de ediciones que hoy, a un año del centenario del nacimiento de su autor, se pueden encontrar de los relatos de Robert E. Howard en las librerías y bibliotecas… Y dejemos que sea el propio Cuentista de la Estrella Solitaria quien nos enseñe a sentir su obra.

           

            Que Mitra os proteja. Crom no está por la labor.

 

 

Toni M. Jover, 2005.

 

NOTAS:

 

1 Prólogo a La Canción de las Espadas: Fantasía Heroica en Robert E. Howard.

 

2 El texto referido es -bien lo sabe todo conanófilo- un extracto de Las Crónicas Nemedias, imaginario manuscrito historiográfico muy a menudo mencionado en los relatos y ensayos de Robert E. Howard. El párrafo fue escrito por el propio autor en 1936, mismo año de su muerte, como introducción para A Probable Outline of Conan's Career, estudio cronológico de las aventuras de Conan llevado a cabo por Peter Schuyler Miller y John Drury Clark. El ensayo de Miller y Clark, y con él el texto de Howard, sería publicado por primera vez en 1938 en las páginas del fanzine The Hyborian Age.

 

3 Sobrenombre que le fue dado a Robert E. Howard en referencia, obviamente, a su condición de contador de historias y a la estrella solitaria que ostenta la bandera del estado norteamericano de Texas, su patria.

 

4 Del inglés pulp, esto es, pulpa. A principios del siglo XX, comenzó a florecer en Norteamérica la aparición de revistas de gran tirada que, para abaratar sus costes, se imprimieron en un soporte de papel extraído de la pulpa de la madera. La primera revista que se sirvió de dicho material para su impresión fue The Argosy, cuyo primer número salió a la calle en 1896. A partir especialmente de 1920, comenzarían a proliferar en Norteamérica las revistas pulpes, entre las cuales fue Weird Tales la que cosechó un mayor éxito. La literatura contenida en ellas -básicamente relatos de aventuras, terror y fantasía que, por su corta extensión, se hacían cómodos de leer-, gozó de una gran aceptación popular.

 

5 Harold Preece acabaría, como Howard, convirtiéndose en escritor profesional, especializándose sobre todo en relatos y novelas de aventuras en el Salvaje Oeste norteamericano. Entre sus títulos más importantes figuraron Living Pioneers, Texas Rangers y The Dalton Gang.

 

6 Tevis Clyde Smith, poeta y también narrador de cuentos, no dispondría de la fortuna de Howard y Preece y no pudo dedicarse profesionalmente a su primera vocación, la escritura, hasta 1971 -tras el renacimiento de la literatura howardiana-. En dicho año publicaba Red Blades of Black Cathay, rescatando y completando una historia que en su momento, 1923, había concebido conjuntamente con Howard.

 

7 De la Nada a la Sustancia: El Vástago de una Tierra Salvaje (Conan: Guía de la Era Hiboria), 1996, Juan Carlos García Herranz.

 

8 The Hour of Dragon sería reeditada en 1950 por el sello Gnome Press, ya en formato libro, con el título Conan the Conqueror.

 

9 La Canción de las Espadas: Fantasía Heroica en Robert E. Howard, 1983, Javier Martín Lalanda.

 

10 Estas reflexiones de Howard continuaban así: "Esto se me ocurrió cuando me hallaba aplicado especialmente a escribir las primeras historias de la serie de Conan. Recuerdo que durante varios meses estuve totalmente falto de ideas, incapaz por completo de producir algo publicable. Luego ese hombre, Conan, pareció crecer de improviso en mi mente, sin gran esfuerzo por mi parte, y un aluvión de relatos fluyó de mi pluma -o de mi máquina de escribir, mejor dicho- con gran facilidad. Y no parecía desarrollar mi fantasía, sino narrar sucesos que habían ocurrido. Un episodio sucedía a otro con tal rapidez que yo apenas podía mantener el ritmo. Durante varias semanas no hice otra cosa que escribir las aventuras de Conan. El personaje tomó plena posesión de mi mente mientras escribía su historia. Cuando deliberadamente tuve la intención de escribir sobre otros temas, no pude hacerlo."

 

11 Men of the Shadows, 1926, poema incluido como prólogo en el relato homónimo. Los versos aquí expuestos fueron traducidos al castellano por Albert Solé para Gusanos de la Tierra, 1987, de Ediciones Martínez Roca.

 

12 The Song of Belit, 1934, poema incluido por fragmentos en el relato The Queen of the Black Coast. Los versos aquí expuestos fueron traducidos al castellano por Beatriz Oberländer para Conan el Cimmerio, 1983, de Ediciones Forum. He aquí los versos originales de Howard en inglés:

 

Was it a dream the nighted lotus brought?

Then curst the dream that brought my sluggish life;

and crust each laggard hour that does not see

hot blood drip blackly from the crimsoned knife.

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

- La Canción de las Espadas: Fantasía Heroica en Robert E. Howard, 1983, de Javier Martín Lalanda.

 

- De la Nada a la Sustancia: El Vástago de una Tierra Salvaje (Conan: Guía de la Era Hiboria), 1996, de Juan Carlos García Herranz.

 

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