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Ann Rice en 1996.
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ALGUNAS Consideraciones sobre ANNE RICE Y LOS VAMPIROS
Ninguna criatura de leyenda ha gozado de un éxito literario tal como el que, desde finales del siglo XIX, viene disfrutando el más seductor de los fantasmas: el vampiro. Si bien su llegada al universo de las letras se puede rastrear hasta 1797 en el poema Die Brau von Korinth de Johann Wolfgang Goethe, e incluso antes, la consagración definitiva del vampiro como personaje literario se la debemos sobre todo a la pluma de dos irlandeses: la de Joseph Sheridan LeFanu en Carmilla (1872) y, por supuesto, la de Abraham Stoker en su celebérrimo Dracula (1897) -dicho sea esto sin desmerecer la labor pionera del inglés John William Polidori en The Vampire (1816)-.
Las razones del rotundo triunfo del vampiro en la literatura han sido objeto de mil y una consideraciones por mil y un pensadores, expertos y eruditos, pero básicamente es lugar común en todas ellas conceder una relevante importancia a dos factores: la sexualidad intrínseca de la relación del "no-muerto" con la víctima -además del galanteo que el personaje interpreta con todas las manifestaciones y "desviaciones" de la sensualidad-, y la eterna magia simbólica de la sangre como receptáculo de la vida y de la enigmática muerte... ¡Magníficos ingredientes para excitar la pasión por lo "oculto" y lo "reprimido" en la psique humana! ¿Quién puede resistirse al vampiro, el monstruo romántico? En el fuero más profundo de nuestra condición parece subyacer el anhelo de libertad de toda atadura moral: la mayoría de los hombres desearíamos ser libres de remordimientos como lo es el vampiro y, al igual que él, aventurarnos en los misterios de la muerte... O lo que puede que sea peor aún: ¡desearíamos ser su presa, ser vencidos sin culpa por su incontestable voluptuosidad!
Es evidente, no obstante, que la sociedad occidental que recibió sumisa la irrupción del vampiro en los libros ha cambiado mucho desde la época victoriana en la que se hizo célebre. A lo largo del siglo XX, el patrón vampírico impuesto por LeFanu y Stoker, al tiempo que se reproducía sin piedad, fue perdiendo fuelle mientras el lector se iba reconciliando con su sexualidad y derrotando represiones. En los años 70, eternizándose a través del cine de terror, el vampiro se había convertido prácticamente en poco más que un coco de armario para espantar a los niños: ya nadie se estremecía ante él, pues los propios humanos se habían vuelto más "perversos" que el mismo monstruo... Probablemente, en una ciudad moderna Abraham Van Helsing no habría sabido si acudir con su estaca, su cruz y sus ajos al cementerio o a la discoteca.
Los escritores de terror y ficción, sin embargo, bien por intuición o bien por nostalgia se negaron a dar entierro definitivo a un personaje tan emblemático y querido como el vampiro, a pesar de lo muy difunto que parecía haber quedado en su no-muerte. Fueron diversos los intentos de adaptar la figura del monstruo a los nuevos tiempos: mención de honor se debe a Richard Matheson, quien en I'm a Legend (1954) trasladó al vampiro al escenario de la ciencia-ficción futurista convirtiéndolo en un "zombi" mutante postcataclísmico, y a Stephen King, quien en Salem's Lot (1975) tomó al vampiro clásico y lo mudó desde su castillo gótico hasta la casa de al lado.
No obstante, y pese a su valor literario, tanto el vampiro de Matheson como el de King quedaron muy lejos de impresionar el alma humana como en su día lo hicieran la sensual Carmilla de Sheridan LeFanu o el poderoso Drácula de Stoker. La estaca clavada en el corazón del vampiro literario no sería arrancada con éxito, permitiéndole levantarse de nuevo de su ataúd, hasta la llegada de una sagaz escritora norteamericana: Anne O'Brien-Rice.
Nacida en un hospital de caridad de Nueva Orléans en 1941, fue la segunda de cuatro hermanas y recibió bautismo con el nombre de Howard Allen O'Brien. Desde niña, prefirió que la llamaran Anne. Estudió en el Colegio Richardson de Texas, en la Universad para Mujeres de Denton y en la Universidad Estatal de San Francisco. En 1964 contrajo matrimonio con el poeta Stan Rice, de quien tomaría el apellido con el que acabaría conquistando la celebridad. Anne comenzó a escribir Interview with the Vampire, en 1969, como un relato corto. No era su primera incursión en el mundo de la escritura, pues había publicado ya alguna que otra historia sin demasiada gloria ni demasiada pena. En 1972 soportaría el más duro golpe de su vida: a la edad de tres años, su pequeña hija Michele moría víctima de leucemia precipitando al matrimonio Rice hacia una profunda depresión alcohólica. Un año más tarde, en 1973, Anne dedicaba poco más de un mes en convertir Interview with the Vampire en una novela.
En 1976, Interview with the Vampire sería publicada con un éxito de ventas tan abrumador que el mismo año los derechos para su adaptación cinematográfica ya habían sido comprados por Paramount Pictures. No le fueron a la zaga sus continuaciones, The Vampire Lestat (1985) y The Queen of Damned (1988), que completaron la trilogía clásica de las llamadas Vampire Chronicles o Crónicas Vampíricas. A lo largo de los años 90, la saga continuaría con otros tres títulos: Tale of the Body Thief (1992), Memnoch the Devil (1995) y The Vampire Armand (1998). Para finales de siglo los mundos vampíricos de Anne Rice ya se habían ampliado dando lugar a la serie New Tales of the Vampires, con los títulos Pandora (1998) y Vittorio (1999). Después llegaría Merrick (2000), Blood and Gold (2001), Blackwood Farm (2002), Blood Canticle (2003)... Y se amenaza con más. Fuera de la temática vampírica -que es la que nos interesa en este artículo- cabe decir que el éxito de Rice no quedó tampoco atrás, gracias a obras como The Mummy or Ramses the Damned (1989) o la saga Lifes of the Witchs of Mayfair (iniciada en 1990).
El público, acostumbrado a las historias de vampiros abordadas desde la perspectiva "humana" y urdidas en una típica red de relaciones monstruo-víctima-héroe, acogió con entusiasmo la nueva fórmula propuesta por Anne Rice en sus Crónicas Vampíricas: esta vez el vampiro narraría su propia historia, sería además de monstruo víctima y héroe, y se nos mostraría desde un complejísimo mundo psicológico. A través de los vampiros de Rice, el lector dialogaría con sus propios "monstruos" y se identificaría con ellos en el campo de batalla de la guerra entre el instinto y la razón. Nunca se había descrito un vampiro tan "humano", en todas sus glorias y todas sus miserias, ni dentro de un diálogo tan marcadamente existencial: el redivivo chupador de sangre entraba definitivamente en el mundo moderno de la mano de Anne Rice.
Gran parte del éxito de las historias de vampiros de Rice radicó, posiblemente, en el hecho de que de nuevo se había dado con la fórmula para servirse seductoramente de los misterios de lo sensual y lo tanatológico encarnándolos en la personalidad del no-muerto. El vampiro se había convertido una vez más, ahora a través de la pluma de la autora neorleanesa, en un instrumento para excitar la sensibilidad erótica, en un personaje irresistiblimente cautivador y sexual. Los vampiros de Rice, con sus genitales muertos y completamente libres por tanto de exigencias falocéntricas, interpretaron todos los tabúes sexuales con una tentadora elegancia: la bisexualidad, el incesto, e incluso la pederastia, recibieron entre ellos los mismos nombres que la sensualidad, la pasión, el deseo o el amor... Perdida su "humanidad" y condenados a la soledad emocional incluso entre sus iguales, se tenían escasamente los unos a los otros: nada les era obsceno, nada antinatural, pues de algo ser realmente obsceno y antinatural nunca lo sería más que su propia y monstruosa existencia. Los vampiros de Rice resultaban, así, deliciosa e inocentemente culpables, mientras la condición de mimo o sutil imitación de su sexualidad conseguía librar a las Crónicas Vampíricas del vigilante ojo de la moral, burlándose de él con elegante inteligencia.
Pero no sólo de erotismo se alimentó la gloria del vampirismo según Anne Rice. La autora neorleanesa modernizó al vampiro y lo hizo más creíble para el nuevo público, liberándole de connotaciones evangélicas y supersticiosas ya difícilmente digeribles: la cruz y el agua bendita dejaron de ser armas para luchar contra los "no-muertos", también el ajo y la plata. El discurso de Rice aprovechó todos los convencionalismos del subgénero vampírico desde una perspectiva profundamente poética, pero siempre con gran inteligencia a la hora de darles cabida en el pensamiento occidental de la época. La escritora dio lugar, de esta manera, a la llegada del vampiro moderno, un vampiro que podía camuflarse perfectamente en cualquier gran ciudad, mezclarse con sus habitantes sin despertar sospechas, un vampiro cosmopolita que había de expandirse con gran rapidez no sólo en los títulos de la literatura sino también en los del séptimo arte.
Por otra parte, Anne Rice y sus vampiros propusieron al lector una interesantísima interrogante sobre la que reflexionar: el ser humano, esa criatura que tanto ha soñado con la eterna juventud y la derrota de la muerte física... ¿podría, verdaderamente, soportar la inmortalidad? Cada personaje de las Crónicas Vampíricas podría encarnar una distinta respuesta a dicha pregunta: Lestat de Lioncourt parece querer decirnos que sí, que podría siempre y cuando conservase la capacidad de fascinación, de amar y de desear... Louis de Pointe du Lac nos insinúa, quizá, que más bien no, que la naturaleza humana tiene fecha de caducidad y está diseñada para una determinada longevidad y no para una mayor... Armand, que se aferra a un universo de ilusiones místicas y religiosas para sobrellevar su contrato indefinido con la "vida en muerte", nos ofrece otra actitud ante la disyuntiva... La pequeña Claudia, por su parte, nos muestra como la condición de una mente anciana en el interior de un cuerpo que no corresponde a su edad se traduce en un terrible tormento destinado a dar como resultado una monstruosidad emocional... Los Hijos de los Milenios, hundidos por la monotonía en la desidia, han ido perdiendo paulatinamente el interés por las cosas, y Akasha y Enkil, los más antiguos entre los vampiros, han entrando como consecuencia de ello en una suerte de trance similar a una vida vegetativa... Las posibles lecturas de la personalidad y condición de cada una de las criaturas presentadas por Anne Rice en sus Crónicas Vampíricas darían muchísimo de sí. A fecha de hoy, casi treinta años después de la publicación de Interview with the Vampire, la cuestión nunca podría estar más de actualidad: cada vez son más los anuncios que nos llegan desde la comunidad científica en relación a los firmes progresos hacia la "cura" del envejecimiento.
Interview with the Vampire, The Vampire Lestat y The Queen of Damned se han convertido ya en "clásicos" de la Literatura universal: ni siquiera los detractores de Rice se atreverían a negarlo. La actitud ante la prolongación indefinida de la saga de las Vampires Chronicles es diversa, pero ni aunque hubiera razón en la crítica negativa contra ello se puede cerrar los ojos ante la evidencia: en el último cuarto de siglo XX una escritora neorleanesa llamada Ane O'Brien-Rice firmó un nuevo hito "clásico" de las letras, y ese hito "clásico", una centuria posterior al Dracula de Bram Stoker, llevó de nuevo el nombre del más seductor de los monstruos: el VAMPIRO. Toni Martínez Jover, 2005. |
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