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KIJOTEANA

 

CERVANTES, CIDE HAMETE BENENGELI Y EL MORISCO DE TOLEDO


Por Agustín Romero Barroso

 

 

Para la musa E.S., siempre

 

   Este escrito pretende ser un aldabonazo a esa España oficial de los eventos culturales, basados en trasnochados y manipulados ocultamientos, que no asumen nuestra cultura en su totalidad. Y en el caso de Cervantes se obvia, cuando no se suprime, el hecho de que el autor del Quijote vivía en una época donde la cultura morisca todavía existía, aunque en regresión y eliminación final, y era una de las más atractivas para personas que, como el autor alcalaíno, estuvo en continuo trajín con los de abajo, con aldeanos, por los caminos, en cárceles, con marginados, etc. Y la tradición de esa cultura, en su literatura popular y folclórica, tiene grandiosa presencia en el Quijote, porque, no en vano, en la cultura popular islámica perduraba, y perdura todavía, la saga inmensa y ecléctica de Las mil y una noches. Donde aparece un Simbad que bien puede ser Ulises, y algún personaje que bien pudiera ser don Quijote.

 

   El juego de cajas chinas, usado por Cervantes, en la composición del Quijote, muestra la inmensa ironía, la tremenda capacidad de mímesis, respeto, libertad y las cualidades del perdón como generosidad para uno mismo, y de la comprensión por parte del escritor y hombre que fue el llamado Manco de Lepanto. Su liberalidad grandiosa, ya que la palabra liberalidad es muy usada y querida por Miguel, y la ejerce en todos sus ámbitos humanos y creativos.

 

   Veamos. Miguel de Cervantes, soldado herido grave en Lepanto, vuelve de Italia recuperado, en una galera, con el deseo de encontrar una colocación en la Corte, para lo cual lleva importantes recomendaciones. Está en la flor de su vida. Asaltada la nave por piratas berberiscos de Argel, es atrapado, y llevado como rehén, para pedir un rescate por él, ya que encuentran entre sus ropas esas cartas de recomendación, de personas importantes, que le darían una ocupación digna en la Corte. Los captores, dedicados al secuestro (lo cual no es nuevo en el Islam), piensan que es un personaje rico. Como no lo era, su liberación tardó más de cinco años. Cinco años cautivo en Argel, que supusieron la ruina de la flor de esa vida que dijimos para Cervantes. Las cartas de recomendación le hubieran proporcionado un buen puesto en la administración del Imperio español en la Corte, lo que habría evitado aquella vida pobre y de penurias, cárceles y economías débiles, en definitiva de pobre que llevó, de miseria en miseria. O sea los secuestradores argelinos, piratas berberiscos, mahometanos, enemigos terroríficos del Imperio español, arruinaron su vida. Sabemos que en cinco años, en Argel, trató hasta cinco veces escapar, y sabemos que ocupó un alto cargo administrativo en la corte musulmana del bajá, por lo que no es fácil colegir que Cervantes acabó hablando árabe, y, por su bien mostrado afán lector, seguro que también terminó leyéndolo, cuando no escribiéndolo, pues le era necesario para sus trabajos administrativos allá, al servicio del bajá. Con el que se cuenta hasta un devaneo amoroso de índole homofílica… No lo han destacado suficientemente sus comentaristas. Cervantes, en este juego de cajas, de interposición de autores, atribuye la autoría de la verídica historia de don Quijote, al sabio arábigo Cide Hamete Benengeli. O sea el autor de la obra literaria cumbre de la literatura universal es un musulmán, y fue escrita en árabe, según Cervantes. Vayamos al capítulo IX de la primera parte del Quijote. Ahí Cervantes nos dice como acabaron los desvelos del héroe sin encontrar continuación. Hasta que un día el narrador cervantino, “en el Alcaná de Toledo”, encontró un muchacho que vendía unos cartapacios escritos en caracteres arábigos. Así que se buscó un morisco aljamiado que los leyese. Morisco aljamiado era un morisco que hablaba castellano y le servía de intérprete y traductor, o sea: un mudéjar. Cuando le comienza a traducir al narrador cervantino, trasunto del propio Cervantes, descubre que es la continuación de la historia de Don Quijote, con lo que compró todos los cartapacios y papeles al muchacho por un irónico real. Y se apartó “con el morisco por el claustro de la iglesia mayor, y roguele me volviese aquellos cartapacios, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que él quisiese... por facilitar más el negocio, y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa, donde en poco más de un mes y medio la tradujo toda del mismo modo que aquí se refiere”. En ese texto, Cervantes no sólo atribuye la autoría a un mahometano, sino que la traducción al castellano la hace otro musulmán, para el narrador del Quijote. Cervantes queda como fuera de juego de las autorías. Y entre el narrador, Cide Hamete Benengeli y el traductor morisco carga la factura del texto quijotesco.

 

   Por poco que nos paremos a pensar, no podemos más que sorprendernos. ¿Cómo otorga, generosamente, a gentes sarracenas, muslines, mahometanas e islámicas el honor de componer su obra?¿Se trata de una hiperbólica ironía más de la creación cervantina? Si los berberiscos, que le estropearon definitivamente su vida, eran musulmanes, ¿no era lógico que Miguel de Cervantes les tuviera inquina, resentimiento, odio, o, como poco, desprecio? Resulta ser todo lo contrario. El autor alcalaíno está lejos del desprecio. Y no porque pensase que también habría musulmanes buenos, no es esa simpleza. Hoy resulta tan raro como si un señor que es secuestrado por etarras o islámicos, con el paso del tiempo escribe una novela y nos dice que es la traducción de una obra encontrada, por casualidad, escrita en euskara o en árabe, por un vasco o un musulmán. Esto, pese a ser invención y recurso literario, resultaría muy escandaloso y provocador, incorrecto política y socialmente, insoportable para la sociedad timorata, pazguata y correcta que vivimos, en muchos ámbitos cruciales. Al tal autor que así hiciera le sería aplicada la Ley Antiterrorista, sería ilegalizado, acusado de pertenencia a banda armada, llamado terrorista, y toda esa jerga de políticos, periodistas y jueces caería sobre él, por un simple recurso literario... ¿Cómo se le ocurre a Cervantes atribuir su Quijote a un autor de religión mahometana, cuando en su tiempo el turco, los berberiscos y todo el mundo musulmán están enfrentados al Imperio español, del cual Cervantes fue vasallo y servidor? ¿No constituye eso una genial ironía? Máxime cuando Cervantes fue un héroe herido en la batalla de Lepanto, “la más alta ocasión que vieron los siglos presentes y verán los venideros”, que fue la batalla final para evitar el control marítimo del Mediterráneo por las flotas musulmanas, turcas y berberiscas, que asolaban toda la Cristiandad, y se dedicaban a incursiones de rapiña y terror en toda la costa mediterránea de la península e islas (ver Corsarios berberiscos, de Ramiro Feijoo, Belacqua/Carrogio, 2003, Coleccción El Ojo de la Historia, Barcelona).

 

   Es indudable que Miguel de Cervantes quedó conquistado por la cultura musulmana en sus años de Argel, ¿o en sus baños de Argel? Por mucho que se diga que si era costumbre extendida, tanto popular como culta, atribuir obras raras a autores mahometanos. No olvidemos que el Islam fue el depositario medieval de la cultura grecolatina, y que a través de él llegó a Europa, a través de España. Y tengamos presente la tendencia medievalizante cervantina, expresa en su Persiles. En Cervantes nada es improvisado. Menos ese juego de autorías, que a muchas cabezas cuadradas parecerá esquizoide y paranoico. Acostumbradas al narrador unidireccional de la narrativa correcta de hoy. Son sus homenajes personales a las culturas diversas que mamó, que no sólo están en ese aspecto de su obra más importante, sino expresa en todo lo que escribió. Destaca en su teatro. Títulos como El gallardo español, Los baños de Argel, La gran sultana, El trato de Argel,… Son buena muestra, no sólo biográfica, sino de la profunda huella de aquellos cinco años que marcaron lo mejor de su vida. Cervantes, como creador de raza, no es más que una esponja, un vampiro, que asimiló todo lo vivido. Luego lo fue soltando en sus creaciones. Y del mundo islámico se empapó sobradamente, chupó su tuétano. Pasando de resentimientos, desentendidos o manejo de políticos, fronteras, religiones y sociedades. Le rinde sus más cumplido homenaje al hacer autor de las verídicas historias de don Quijote a un moro, a un musulmán manchego, ¿con la mancha de ser musulmán?, a Cide Hamete Benengeli. Pero cuidado, Cervantes juega con la ironía, riza el rizo siempre, no seamos incautos ante hombre tan inteligente. El propio nombre del autor arábigo responde al propio nombre de Cervantes, ya que Cide Hamete Benengeli significa: Cide, Señor, Hamete, nombre propio común en árabe, Benengeli: hijo de ciervo, cerval o cervateño, y de ahí Cervantes, que con el mismo se designó don Miguel, según el orientalista José Antonio Conde. Así que el sabio autor arábigo es el propio Cervantes hecho árabe, nombrado en árabe. Sorprendente sobre todo por ese homenaje propio, tan lejos de la pedida humildad que les hacemos a los autores clásicos. Cervantes se creía un genio y así se lo reconoce a sí mismos, sin engaños ni falsas humildades de hipócritas al uso, en toda su obra, haciéndose poemas laudatorios a sí mismo, creando los académicos de Argamasilla para que lo estudien, etc. Porque sus contemporáneos estaban ciegos para verle, ciego y lerdos. Como siempre se está en España con los genios. No en vano es la envidia una de nuestras bellas artes.

 

   Podemos sospechar, cuando no afirmar, si Cervantes quedó convertido al Islam, no en el sentido formal, sino cultural, espiritual, tomado en su sentido no religioso, sino estético y ético. Tal vez sufrió lo que la modernidad ha llamado el síndrome de Estocolmo, o sea, que uno se convierte a la causa de los que le han secuestrado, y que, potencialmente, son sus enemigos. Lo apuntamos sólo como sospecha, aunque no pocos autores y estudiosos lo han dado por hecho real. Pero al volver a España tuvo que amoldarse otra vez a las pautas de la sociedad cristiana en la que vivía. No estamos diciendo que se convirtiera en el sentido religioso, sino en el sentido de la cosmovisión, de la vida, de la cultura que tenía el Islam entonces. Por ejemplo, en el mundo islámico es creencia común que los locos están tocados de la mano de Alá, dicen, y por lo tanto son sagrados, sabios, respetables, no se les debe encerrar, se les debe ayudar, alimentar, dar cobijo, etc. No sólo aparece esa antropología del loco en el Quijote, sino en otros lugares cervantinos, sobre todo El Licenciado Vidriera. ¿No está Alonso Quijano tocado, quizás, de la mano de Dios, y por ello es caballero? Cervantes al volver rescatado a España hubo de seguir siendo un fiel vasallo del Imperio español, correcto a primera vista y cristiano. Pero su procesión iba por dentro. Otra cosa es la marca de seducción de la otra cultura que vivió. Que eso quedaba en cuevas de sabiduría de su ser, y aflora en su obra por doquier. O, tal vez, muestra de interculturalidad, respeto, tolerancia, comprensión, universalidad (como dicen hoy) y todo aquello que hace que el Quijote, y por extensión la poco conocida y menos leída obra cervantina, sea de perenne y atractiva actualidad en un mundo mestizo, multicultural, respetuoso con las diferencias. Ese mundo medieval que subyace tras la obra cervantina, configurado por un Alfonso X el Sabio y por un Ramón Llull, por cierto también habitante de Argel y aprendiz de su cultura  lengua. O sea un mundo diverso, múltiple, rico y en paz y diálogo de todas las culturas y de todas las lenguas, de todos los pensamientos y sentimientos. Eso es el cervantismo más veraz, más genuino, más auténtico e irrenunciable. Por ello es el secreto a voces de la universalidad de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, porque en él está toda la literatura, desde el Ramayana al Ulyses de Joyce.

 

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