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W. SHAKESPEARE

 


MACBETH, DEL HOMBRE AL TIRANO


Por Elena Salajan

 

“El bravo Macbeth –que bien merece este nombre-, despreciando la suerte, con su acero blandido, humeante de ejecuciones sangrientas, cual predilecto valor, se abrió paso hasta la presencia del miserable. Ni le tendió la mano ni le dijo adiós, mientras no le hubo abierto desde el ombligo a las quijadas, y clavó su cabeza sobre nuestras almenas... (…) ¡Oh, valeroso primo! ¡Digno caballero!”1

Este es Macbeth al principio de la obra del maestro Shakespeare. Es un digno caballero, valiente y leal a su rey, un hombre que ha ganado su prestigio en sangrientas batallas. Sus hazañas le han cubierto de honores y le han situado en un lugar privilegiado en la corte del buen Duncan, rey de Escocia. Sin embargo, al final de la obra, uno de los personajes le interpela de la siguiente manera:

“¡Ríndete, entonces, cobarde!... ¡Y vive para ser el ludibrio y espectáculo del universo! Te colocaremos como a los monstruos raros, ante una barraca, y debajo escribiremos: '¡Aquí puede verse el tirano!”1

¿Qué ha podido pasar para que el valiente caballero se transforme en un vil tirano? Shakespeare introduce tres condicionantes en la trayectoria de Macbeth. El primero y a la vez el más obvio es la aparición del oráculo bajo la forma de las tres brujas “escuálidas y andrajosamente vestidas que no parecen habitantes de la tierra”. Al igual que en las tragedias griegas este peculiar oráculo le vaticina a nuestro héroe un futuro lleno de honores hasta llegar a subir a lo más alto de la jerarquía del poder y ser rey de Escocia. Como todos los oráculos, las brujas le desvelan solo unos cuantos puntos clave de su trayectoria, obviando tanto los medios de los que se ha de servir para llegar al  presagiado fin, como también las consecuencias que tendrá el cumplimiento del destino predicho.

Otro de los condicionantes para el desarrollo y el cambio en la estructura interna del personaje, es su relación con Lady Macbeth. Ella es la que lleva las riendas del poder, es la autoridad reconocida por Macbeth, la que lo protege, lo encamina y a la vez lo manipula a su antojo. El valiente guerrero se transforma en una especie de niño inocente y falto de voluntad ante su poderosa presencia. Su relación recuerda más bien a un amor filial en la que el hijo reconoce por completo la autoridad de la madre a quién teme defraudar.

El tercer condicionante y quizás el más sutil, dado que envuelve toda la obra y aparece como un factor, que el lector da por supuesto desde un principio, es la época en la que está ambientada la tragedia. La acción se desarrolla en algún momento de la  Edad Media. El tiempo histórico pierde importancia mientras que los valores, las costumbres y las creencias del momento son la fuente de la que brota el desarrollo de los acontecimientos. Macbeth es el héroe creado por y criado en un mundo oscuro, en el que la crueldad y la sed de sangre enemiga son recompensadas con el mayor aprecio. Shakespeare nos trasporta a  una sociedad cuyo principal pilar es la ciega obediencia ante un poder absolutista que no tiene escrúpulos para eliminar sin pestañar a aquellos que se atreven a levantar la voz contra el orden  establecido, una sociedad en la que matar es de valientes y no hacerlo, de cobardes. Este es el mundo de Macbeth y esta es la escala de valores sobre la que se ha forjado su personalidad. Lo único que le queda a nuestro héroe, como contrapeso a la crueldad disfrazada de valentía que yace en su interior, es su lealtad hacia el rey. Este último bastión de humanidad y dignidad se esfuma ante la promesa de poder absoluto, hecha por el oráculo de las tres brujas al principio de la obra.

¿Está, por lo tanto, Macbeth predestinado a ser un tirano? En lo más adentro de su corazón existe el deseo de poder. Su valentía desmesurada en el campo de batalla, da desde un principio buena fe de ello. Sin embargo, no se atreve a reconocer y a expresar sus verdaderas ambiciones hasta que éstas no se descubren ellas mismas ante su atónita mirada tomando la forma de tres extraños seres.

“Lo hermoso es feo, y lo feo es hermoso.”1, afirman las brujas en la primera escena. En efecto, la valentía y el afán de superarse son hermosos mientras que no se cruce el límite que los transforma en “feos”. Macbeth cruza esta puerta prohibida, empujado por la intensidad de su deseo de poder, luego por sus hechos y como último, a través de una desmesurada fe en su ego, fe alentada por el oráculo y que finalmente lo lleva a la perdición.

En los cinco actos de Macbeth asistimos al nacimiento de un tirano. Ávido de poder, nuestro héroe mata al rey para ocupar su lugar. Sin embargo, el miedo por la posibilidad de perder el ansiado trono, le lleva a realizar y ordenar otra serie de asesinatos con la esperanza  de matar así sus propios temores. Sus actos, sin embargo solo sirven para aumentar su tormento. Se encuentra solo, lleno de desconfianza y remordimientos. Lo hermoso del poder ansiado se transforma en una inquietante vigilia que desgasta sus fuerzas y su mente. Como último recurso ante la desesperación interior, disfrazada de crueldad, acude de nuevo a la guarida de las tres brujas, buscando un hilo de esperanza y encuentra una vez más en la voz de las insólitas apariciones, el reflejo de aquello que desea escuchar:

“¡Sé sanguinario, valiente y atrevido! Búrlate del poder del hombre, pues ninguno dado a luz por mujer puede dañar a Macbeth! (…) Sé como el león; ten arrogancia, y no te cuides de lo que proteste, se agite o conspire contra ti. Macbeth no será nunca vencido hasta que el gran bosque de Birmam suba marchando para combatirle a la alta colina de Dunsinane.”1

El  engañoso reflejo de sus deseos vuelve a traicionar a nuestro héroe y el tirano llega a creerse inmortal, pero la naturaleza es sabia y tal y como tenía previsto de antemano, vuelve a reestablecer el equilibrio.

Utilizando unos artilugios tan antiguos como el teatro mismo o mejor dicho, tan antiguos como la ilusión, Shakespeare consigue hacer que el “bosque de Birman suba marchando (…) a la alta colina de Dunsinane” en forma de guerreros escondidos detrás de árboles talados, y encuentra en el personaje de Macduff al justiciero, que había sido arrancado del vientre de su madre antes de nacer. El mundo respira aliviado por la muerte del tirano y la justicia vuelve del destierro al que había sido condenada.

Sin embargo, quedan muchas preguntas por hacerse y otras tantas por responder. ¿Es verdaderamente Macduff el que mata a Macbeth o es Macbeth mismo quién firma su destino desde el momento en el que deja crecer en su corazón una ambición desmesurada? ¿Son las brujas las que determinan las actuaciones de nuestro héroe o son ellas un simple reflejo de su alma atormentada de deseos y temores? ¿Es la historia de Macbeth un suceso de un tiempo lejano o podemos encontrar su esencia en algún lugar o tiempo más cercano a nosotros mismos?

Dejemos volar nuestros pensam

ientos e intentar entender esta tragedia shakespeareana en toda su grandeza, busquemos los matices más escondidos, indaguemos en nuestros propios corazones y observemos el mundo con atención. Puede que nos sorprenda lo que hallemos.

 

Elena Salajan, 2005 

 

NOTAS:


1 La tragedia de Macbeth – traducción de Luis Astrana Marín.

 

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