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I Centenario de la muerte de Julio Verne (1905-2005)
Capitán Verne Una novela sobre la amistad y los libros Maria Mercè Cuartiella & Joan Manuel Soldevilla Editorial Sirpus |
CAPITÁN VERNE
El 12 de noviembre de 2005, sábado para más información, el I Salón del Libro iniciaba la que iba a ser una jornada intensa de actividades con una Mesa Redonda organizada por la editorial Sirpus. Con la excusa de promocionar un nuevo libro, cinco personas se hallaban sentadas ante nosotros para recordar a un hombre que, a fuerza de ser conocido, se ha convertido en un gran “anónimo” popular. Se trata de Julio Verne, un nombre que basta ser pronunciado para evocar aventuras y prodigios en nuestra volátil imaginación. Pero el hilo argumental de la Mesa no era especialmente la obra del autor francés que abandonó este mundo hace cien años, sino su propia persona, el que se escondía tras los aventureros y hacedores de portentos.
Con el objetivo de convertir dicho anonimato en un justo retrato aprovechando el I Centenario de su muerte, se hallaban dispuestos a deslavazar todos los “tópicos” vigentes sobre el asunto las siguientes personalidades: en primer lugar, los autores de Capitán Verne -de la que hablaremos ahora mismo-, Maria Mercè Cuartiella y Joan Manuel Soldevilla; Pascual Bernat, fundador de la Societat Catalana Jules Verne, y Laurece Sudret, escritora y especialista en Julio Verne en Amiens (Francia), invitada para la ocasión por la Editorial Sirpus y con la que pudimos mantener una entrevistas individual que ofrecemos también en LE-ES.COM. Ana Zendrera, representando a Sirpus, se encargó de ir moderando el hilo argumental y de dar su tiempo para hablar a cada uno.
Conozcamos primero la obra que ha motivado el encuentro. Capitán Verne, ya disponible en vuestras librerías, es una novela que elige por protagonista a una joven adolescente, Carolina Torres, con dos terribles apuros: no tiene piso donde vivir y los exámenes se le echan encima. Desesperada, recurre a una opción algo descabellada y contacta con Magna Vita, una agencia con el peculiar objetivo de establecer una relación de convivencia entre personas mayores que viven solas y jóvenes estudiantes que necesitan alojamiento. Con no pocas dudas e inquietudes, Carolina decide por fin quedarse a vivir con Román Pardo, un viejo lobo de mar, misterioso y huraño, que se cree el último lector de Julio Verne, al cual, más que como escritor, considera como marino… Sin darse cuenta, Carolina se verá arrastrada por una pasión literaria que apenas reconoce en sí misma, tratando de demostrar al “viejo” que, pese a su juventud, ella no es lo que parece.
Un detalle importante: los autores se enfrentan con valentía al prejuicio social que ha considerado a Verne un simple autor de aventuras para público juvenil, pero no contraatacan con el tópico "los jóvenes no leen", sino con una reflexión sobre la formación rigurosamente académica donde lo intelectual se convierte en un recurso snob carente de toda imaginación creativa, carente de ilusión: "En la facultad había algunos, Fernando o Belén, por ejemplo, que leían muchísimo, al menos llevaban siempre libros, nombres rusos o polacos de difícil pronunciación, críticos alemanes o norteamericanos con teorías sobre la cultura, alguna novela imprescindible, pero jamás les vi nada de Verne. Como Fernando se había encargado muy bien de decirme, se consideraba un escritor menor, superado, un buen filón para jóvenes que van acostumbrándose a la lectura, pero alguien a quien se abandona, a quien debe abandonarse cuando se alcanza la madurez".
Desde mi punto de vista, resulta realmente interesante la relación que los autores han conseguido articular entre sus personajes, armonizando dos dimensiones, dos mundos, dos vidas que deberían haber transcurrido en paralelo. Quién beneficia a quién en la novela es una pregunta difícil de contestar, pero en la vida real, sin duda, el lector sí saldrá beneficiado con el deseo de penetrar cuanto antes en ese mundo fantástico y a la vez tan genuinamente real de las obras de Verne, y no sólo en los títulos más conocidos, sino en otros muchos que, mediante la obra, recobran su valía literaria. El estilo es muy fresco, como ya indicara su autora en la Mesa Redonda, persistiendo en tratar de congraciar valores opuestos: de un lado coloquial, en homenaje a los jóvenes; de otro “más rico, más fecundo, al estilo del Maestro”. No puedo evitar poner de ejemplo este párrafo: "Sentía vergüenza de sentir vergüenza y la alfombra, azul verdosa, un pequeño mar de pelo esponjoso, era el espectador de mi absoluta desolación, como si hubiese naufragado en ella y no hubiese a la vista ninguna isla, ni el más pequeño escollo al que agarrarse".
No puedo negar que quedé impresionada del Verne que se me presentó en escena en el Salón de Barcelona. Por un lado, el científico que, según Pascual Bernat, “Aportó transformaciones ideológicas, científicas y técnicas que conducían al futuro. La razón, cobra fuerza en su tiempo y Verne es consciente de todo esto en su proyecto literario que no es ciencia ficción, en ningún caso, sino novela de la ciencia. ¿Qué ciencia? Cuando menos, un reflejo fiel del conocimiento científico del siglo XIX, presentándolo a la vez de forma muy agradable y sencilla”. Pero Pascual nos señala también un matiz ético en el comportamiento de Verne como escritor, que es casi más futurista que sus inventos: “Él era optimista con esta ciencia, hasta que hubo un punto de inflexión donde comprendió el peligro del avance científico para la humanidad, y esto también se reflejó en sus novelas a través de personas sin escrúpulos”.
Laurece Sudret aporta una faceta más en el mismo ámbito al hablarnos de Verne como “uno de los primeros ecologistas. Su pasión por el mar era enorme. Él veía la superioridad y el poder que tiene la Naturaleza sobre el hombre. Comprendió que si éste intenta dominar sus poderes será destruido, por eso las máquinas de sus novelas acaban destruidas. Su denuncia ecologista llega al punto de anunciar el peligro de extinción de las ballenas”. Desde luego, la reflexión es interesante y nos sirve para enlazar al hombre de ciencia con el filósofo, pues ¿qué otra palabra puede resumir las distintas virtudes de un hombre tan polifacético? Verne es un autor que ofrece muchas posibilidades, muchas lecturas y que atiende a variados intereses.
Pese a que fue uno de esos raros escritores geniales que alcanzó el éxito en vida, no fue como él hubiera querido. A él le habría gustado mucho ser reconocido por su estilo literario, pero su editor le catalogó como autor para jóvenes, y esto marcó el destino de sus obras. Según la UNESCO, es uno de los escritores más traducidos del mundo, sin embargo, algunas traducciones al castellano, por ejemplo, son en realidad burdas adaptaciones que han dejado en segundo plano su calidad retórica, como los típicos libros con dibujitos que estuvieron muy de moda hace unos años. Pero Joan Manuel Soldevilla no sólo ataca estas maldades, sino que aporta también sugerencias constructivas y nos ofrece el nombre de algunos excelentes traductores al castellano, como Jesús Moncada y Miquel Salabert. Un último comentario sobre el tema lo aporta Laurece Sudret, lo suficientemente llamativo como para reseñarlo: “Verne era muy aficionado a la música, y esa armonía se refleja en su estilo literario”.
El tiempo se agota. La Mesa debe disolverse. De esta hora nos llevamos muchas reflexiones y, bajo el brazo, un ejemplar de Capitán Verne..., probablemente, más que un libro, el origen de una gran amistad.
Nati Sánchez, Noviembre 2005 |
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