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(I parte)


EL ROMANTICISMO


Por Elena Machado

 

1. INTRODUCCIÓN

 

            Que vivimos en una sociedad marcadamente materialista es un hecho que ya nadie niega. Hoy es más importante parecer que Ser, y para parecer alguien en esta sociedad es necesario ser una persona de éxito en lo material: un buen coche, una buena casa (mejor más de una), ir a la última moda, viajar a lugares exóticos, tener una larga colección de tarjetas de crédito, lucir un cuerpo perfecto, etc. Es, por lo tanto, natural que una sociedad materialista tache el ideal Romántico como algo utópico, estúpido y cursi. Para una sociedad así, un romántico es alguien que no vive en el mundo “real”, pues se niega a adaptarse a las conveniencias sociales, se niega a conformarse con un mundo hipócrita en el que no cree y sueña con uno más justo, heroico y hermoso. A este joven idealista se le suele tachar despectivamente de “romántico”. Y todo esto pese a la extraordinaria revolución social, cultural, artística, mística, etc. que supuso el Romanticismo; se sigue inculcando el estereotipo de que ser romántico es hablar con un lenguaje cursi y rebuscado, es ser blandengue y sensiblero, suspirar bajo la luz de la luna y vivir en la melancolía de un amor imposible.

 

            Es cierto que algunos de estos aspectos existieron cuando la revolución romántica entró en decadencia, cuando ser “romántico” se convirtió en la moda del momento, se popularizó entre la masa burguesa y, dejando de lado el contenido ideológico, copiaron y teatralizaron una forma de hablar, de vestir, de rimar, de vivir. ¿Por qué, cuando vemos una película de pasiones desatadas con final trágico suspiramos y nos decimos “¡qué romántico!”, y no hacemos lo mismo cuando vemos una película en la que los protagonistas pasan todo tipo de peligros en su lucha por la libertad, por aquello que creen justo? Es un misterio.

 

            ¿Por qué los estudiosos llaman al Romanticismo revolución? Pues porque fue justo eso. Revolucionó en el hombre la forma de concebir la vida, el arte, la política, la ciencia y a sí mismos.

 

            No pretendo obviar la sombra de fatalismo que cubrió al Romanticismo desde sus inicios, pues ciertamente muchos de sus autores murieron jóvenes castigados por diversas enfermedades, y otros (los menos, al contrario de lo que comúnmente se cree) por el suicidio. Pero lo que a mí verdaderamente me interesa es la Cosmovisión romántica, poder llegar a vislumbrar lo que hubiera podido llegar a ser si sus más dignos representantes no hubieran muerto tan jóvenes, sino hubieran sido tan duramente atacados y menospreciados durante el siglo que les tocó vivir.

 

 

2. CAUSAS DEL NACIMIENTO DE LA REVOLUCIÓN ROMÁNTICA.

 

Para entender las causas que dieron nacimiento a la Revolución Romántica debemos dar un pequeño salto en el tiempo. En el Renacimiento el hombre se descubre a sí mismo como centro del universo. Los grandes descubrimientos científicos le hacen sentirse embriagado por sus hallazgos y por su poder, pero tras esta euforia, pasada la armonía del Quattrocento, los grandes hallazgos científicos le hacen descubrir su propia pequeñez en medio del inmenso infinito en el que, repentinamente, se ha convertido el universo. Antes del Romanticismo fue el Renacimiento el movimiento en el que el individuo cobró capital importancia, aunque con el matiz de hacer al hombre el centro del universo. La poesía trágico-heroica romántica sólo es comparable con la violenta y dramática exaltación del individuo surgida de la pluma de Shakespeare. De hecho en el santuario romántico está sentado Shakespeare junto con los poetas griegos.

En el Romanticismo el hombre tiene plena conciencia del profundo abismo abierto entre la Naturaleza y el hombre, entre el macrocosmos y el microcosmos. Esta dura percepción comienza a dar sus frutos en los últimos años del Renacimiento. El “hombre renacencista” vuelca su mirada hacia su interior, dejando atrás su anterior euforia de ser el centro del mundo. Antes creía que por medio de la Ciencia y de la Razón (en contraposición al fanatismo religioso imperante), el hombre podía llegar a ser un dios, tener poder sobre todas las cosas, sobre la Naturaleza. El Romanticismo recupera esta visión renacentista del hombre: es al mismo tiempo conocimiento (euforia del principio del Renacimiento) y enigma (percepción de otra realidad con respecto a sí mismo).

 

El fanatismo religioso que cercenó el impulso del Renacimiento llevó a un siglo de las luces (siglo XVIII) que pretendió imponer la idea de que sólo aquello que la razón podía comprender tenía validez, dejando totalmente de lado al sentimiento, la imaginación y la intuición. La filosofía de la Ilustración hace un nuevo replanteamiento de qué es el Ser, estudiándolo como si de una fórmula matemática se tratase. Para ellos el hombre no es sólo capaz de dominar a la Naturaleza, sino que debe hacerlo, está en su instinto de poder como especie dominante. La verdad es relativa, y tan sólo puede acercarse a ella a través de la información que percibe a través de sus sentidos. Esta cosmovisión llevó a una reordenación del mundo en dónde se separó Religión de Estado, se impulsó la ciencia como búsqueda de la verdad, una búsqueda limitada por la Razón y la experiencia para acabar así con la metafísica, los prejuicios y la superstición. Y es un hecho que la Ilustración cumplió su objetivo, pues de aquellos vientos estas tempestades: afirmó al hombre en su poder de conquistar y dominar a la Naturaleza en un utópico progreso hacia la felicidad (esta utopía de la falsa felicidad que otorga el progreso de la ciencia y de la Razón está magistralmente descrito en Un mundo feliz de Aldous Huxley). Esta concepción del universo y del hombre tuvo sus consecuencias artísticas: el Neoclasicismo, un concepto racional y científico del ideal estético. Al cabo del tiempo el péndulo de la historia comenzó  su viaje al otro extremo. El hombre se encontró sólo, pequeño y desvalido ante la helada luz racional y esa desazón se convirtió en el caldo de cultivo ideal para el nacimiento del ideal romántico.

 

Pero tras la gran aventura del Renacimiento y de las Luces, vencido Dios por la Razón, una nueva angustia de apodera de los hombres que sienten que son algo más que Razón y sentidos físicos. Para los románticos no pasa desapercibida la minimización del hombre moderno, el cual se ha visto empequeñecido ante la Gran Diosa Ciencia. El idealista romántico nace en un mundo tan gris y opresivo que su rebeldía puede llegar a ser irracional y siempre apasionada: se rebela contra el orden establecido, contra la separación entre razón y sentimiento, contra la línea que según su mundo separa lo real que lo que no lo es. En contra de la fría razón del siglo de las luces oponen la fuerza de los sentimientos, de la intuición y de la imaginación creadora.

 

Víctor Hugo justifica esta rebeldía con estas palabras: “Si tras una revolución política que ha golpeado la humanidad en todas sus cimas y en todas sus raíces, que ha tocado todas las glorias y todas las infamias, que ha desunido y mezclado todo, hasta el punto de haber levantado el patíbulo al abrigo de la tienda de campaña, y puesto el hacha bajo la guardia de la espada; tras una conmoción espantosa que no ha dejado nada sin remover en el corazón de los hombres, nada sin desplazar en el orden de las cosas; si tras un acontecimiento tan prodigioso, se nos ocurre, no hubiera aparecido ningún cambio en el espíritu y en el carácter de un pueblo, ¿no habría entonces que asombrarse, con un asombro sin límites?”. Y añade: “La literatura actual puede ser en parte el resultado de la revolución, sin ser la expresión... La verdad ha vuelto por doquier, en las costumbres, en las leyes, en las artes. La nueva literatura es verdadera. ¿Qué importa que sea el resultado de la Revolución?... Los más grandes poetas del mundo han aparecido tras grandes calamidades públicas...”.

 

Y es que gracias a la Revolución Inglesa (1760-1840) que sienta las bases del liberalismo con una potente burguesía,  la Revolución Americana (1776) y su Declaración de Independencia que establece la República como forma de gobierno, y la Revolución Francesa (1789) que proclama la libertad, igualdad y fraternidad hacen que el hombre comience a creer que es posible que el poder absoluto puede ser limitado, que la democracia es la forma ideal de gobierno y que la libertad puede reemplazar a la tiranía. Este sentimiento de que el viento de la libertad comienza a dejar sentir su fresca brisa y que a su paso se abren fronteras nunca antes imaginadas tiene mucho que ver con la figura de Napoleón. Napoleón demuestra que un hombre, nacido en cualquier cuna y por su propio esfuerzo, puede llegar a lo más alto. Antes de Napoleón era impensable escalar tales cumbres de poder sin ser de sangre noble. Hasta el más humilde de los soldados de Napoleón sabía que por propios meritos podía llegar a Mariscal y de ahí ¿quién sabe? Ney de tonelero llegó a Mariscal, y Murat –que era mozo de cuadra- llegó a ser rey de Nápoles. Y lo que era aún mejor, si un aristócrata demostraba ser un inepto podía ser tratado como tal y no pasaba nada.

 

Es esa recién descubierta posibilidad de libertad la que lleva a los románticos a oponerse a la rígida normativa de la Ilustración, especialmente de su arte: el Neoclasicismo.

 

 

3. MARCO HISTÓRICO

 

Tradicionalmente se señalan dos acontecimientos claves para situar el origen del Romanticismo. Por un lado tenemos la Revolución Francesa, la cual no sólo marca fin del Antiguo Régimen y de una forma de vida, sino que pone al hombre en el camino que le conducirá a la civilización contemporánea. Por otro lado, la filosofía de Inmanuel Kant (1724-1804) es decisiva en la configuración de este movimiento al argumentar la incapacidad y la limitación del entendimiento humano. En sus trabajos de estética Kant estableció la categoría de lo sublime como una belleza oscura y grandiosa. Esta idea la recogen los románticos para rechazar los conceptos de serenidad y equilibrio de la belleza clásica y, con ello, oponerse a la rígida normatividad neoclásica.

 

  Esta nueva mentalidad comenzó a gestarse en la literatura a fines del siglo XVIII en Inglaterra y Alemania; en esta última representó un rechazo contra la copia de modelos italianos y franceses. El antecesor del movimiento romántico fue el denominado Stum und Drag, un movimiento alemán que se desarrolló en torno al año 1770 y que concedió un marcado protagonismo al sentimiento y a la naturaleza.

 

            En Francia, un libro de poemas de Lamartine, Las meditaciones (1820), suele considerarse como un hito en la implantación del Romanticismo en esta nación; siete años después, el Prefacio de Víctor Hugo a su obra Cromwell supuso el rechazo de la tragedia neoclásica y el definitivo apoyo a los nuevos presupuestos teatrales del Romanticismo, algo que afectaría también al plano ideológico cuando en el 1830  el mismo Hugo entrenara su obra Hernani, auténtico manifiesto contra el conservadurismo monárquico y exponente de ideales antiburgueses y democráticos.

 

Pero el Romanticismo en sí surge en Alemania entre 1797 y 1804, y sus impulsores principales fueron los hermanos Schlegel, fundadores de la revista Athenaeum, que apareció en Berlín en 1797. Romanticismo para ellos es la literatura aplicada a poemas narrativos o ficciones fantásticas no sometidas a reglas. Se fusiona verso y prosa, se mezcla lo trágico y lo cómico... una literatura ligada a profundas emociones capaces de asociar lo hasta entonces impensable: la naturaleza y el arte, la poesía y la prosa, la memoria y la esperanza, el alma y los sentidos, lo terrestre y lo divino, la vida y la muerte.

 

August Wilhelm Schlegel y Friedrich von Schlegel nacieron en Hannover, el primero en 1767 y el segundo en 1772, y ambos se movieron en el ambiente culto e inquieto que sacudía Alemania en los albores del siglo XIX y en el que se relacionaron con figuras de la talla de Goethe, Fichte, Schelling, Novalis, Schiller, Schleiermacher... que revolucionaron la filosofía, la poesía, el teatro, la novela... August, profesor de la Universidad de Jena, convirtió su hogar en uno de los principales círculos de la vida literaria alemana. Fue él quién tradujo a Shakespeare y a Calderón de la Barca. En la revista Athenaeum aparecieron las teorías que había expresado en sus cursos sobre literatura y sobre arte, impartidos en la Universidad de Berlín. Su innovación consistió en considerar la poesía romántica como una manifestación libre de la influencia clásica. Admira la Edad Media pues es una época de creaciones grandiosas, como por ejemplo todas las leyendas de los Nibelungos, los Caballeros de la Mesa Redonda, etc.  basadas en hazañas de una valentía y una generosidad admirables.

 

       En Inglaterra surge, entre 1798 y 1815, el movimiento lakista, nombre que procede la lake, lago, pues el pequeño grupo de poetas que lo generaron decidieron vivir juntos en la región de los lagos del noroeste del país. El torrente de sus poemas se considera netamente romántico. Sus nombres más conocidos son los de Wordworth y Coleridge. Después vendrían Walter Scott, lord Byron, Shelley y Keats. En cualquier caso el movimiento romántico es un movimiento europeo.

 

      A nivel netamente literario es el prólogo a segunda edición de las Baladas Líricas (1800) de William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge el manifiesto literario del Romanticismo, ideas que les son inspiradas por el filósofo Rousseau y el escritor alemán Goethe. En él se destaca la importancia del sentimiento y la imaginación en la creación poética y se rechazan las formas y los temas literarios convencionales. De este modo predomina la imaginación sobre la razón, la emoción sobre la lógica y la intuición sobre la ciencia, lo que propicia el desarrollo de un vasto hábeas literario de notable sensibilidad y pasión que antepone el contenido a la forma, estimula el desarrollo de tramas rápidas y complejas y se presta a la fusión de géneros y propicia la libertad de estilo.

 

El Romanticismo finaliza hacia 1850 debido a la aparición del realismo. El positivismo arremete contre el idealismo propio del Romanticismo. Se rechaza la especulación pura y la metafísica. Por el contrario se propone la investigación de los hechos observables y medibles. La experiencia se considera el punto de partida del saber y surgen la sociología y la psicología científica. En el realismo se mantienen y desarrollan ciertos aspectos del Romanticismo, como el interés por la naturaleza y el interés por lo regional y lo local, lo costumbrista. Sin embargo se le pone freno a la imaginación y todo lo fantástico se rechaza. Vuelve el miedo a lo desconocido y la necesidad de tratar de imponer un control férreo sobre toda circunstancia, control que sería imposible su la perspectiva romántica siguiera en pie. Los personajes literarios ya no son tan apasionados y se abandona la evocación a un tiempo pasado, legendario. La realidad es retratada tal como aparece.

 

El mundo no ha sido el mismo desde entonces: nuestra política y nuestra moral se han visto profundamente transformadas por ellos. Los romántico han representado el cambio más radical, y dramático, en la conciencia del hombre moderno. En la conciencia de sentirse escindido del mundo en que vive, de la Madre Naturaleza, de Dios. No es una postura cómoda, indudablemente, pero es de agradecer que al menos ellos se atrevieran a arremeter contra un materialismo que estaba asfixiando el espíritu del hombre, y que lo sigue haciendo. Sin ellos muy probablemente los tentáculos del monstruo de materialismo hubieran llegado aún más lejos. Los sucesivos ataques que sufrieron cuando intentaron abrirse paso en el mundo, y que aún hoy siguen sufriendo, demuestran cuán peligrosos podrían haber llegado a ser.

 

Muchas ramas de as ciencias modernas nacen del tronco del Romanticismo. La psicología nace para clasificar las manifestaciones del alma puesta al desnudo por el Romanticismo. La ecología es la revisión científica del papel concedido a la Naturaleza por los románticos. El desarrollo de la historia sería incompleto sin las recreaciones románticas de un pasado, hasta entonces, prácticamente desconocido.

 

Pero su influencia va más allá. Las actitudes románticas se siguen manifestando en literatura, música, pintura, etc. Todo el arte actual deriva en cierto modo de la revolución que supuso el Romanticismo. Aún en nuestro ultra moderno mundo de la publicidad podemos ver también esta herencia romántica, pues sus temas arrancan de lo más hondo del alma y de la psique humana: las pasiones, las ilusiones, las aspiraciones más inconfesables, las  convicciones más arriesgadas, los deseos de aventura, de búsqueda de ciudades imposibles; los sueños más ilusorios y fantásticos. Todo esto es lo que trata de vendernos la publicidad a través de un viaje, un perfume, un coche, una prenda de la moda más exclusiva... Actualmente,  el discurso publicitario narrativo ha sustituido al discurso informativo: la emoción y la pasión han sustituido a la razón en el acto  de consumir.

 

En una cruda radiografía del hombre de su tiempo, Hölderlin hace que su Empedokles se horrorice ante el espectáculo humano: “Día tras día, presenciar esta danza horripilante es que os cazáis y os imitáis los unos a los otros, en que sin tregua, desvariados, medrosos como sombras sin sepulcro, os perseguís corriendo, miserable revoltijo...” Nunca, creen los románticos, el hombre ha estado tan alejado del “estado natural” como en la época moderna. Y eso ya lo pensaban en el siglo XIX. El hombre de nuestra sociedad ya no lucha contra su propia miseria, sino que lucha contra los otros hombres. Se ha desencadenado una especie de guerra que parece no tener fin, pero no como antaño, cuando la competición estaba dictada por leyes del heroísmo y los nobles ideales. No, ahora se comportan como buitres que necesitan destrozar a sus competidores para así poder escalar puestos en la sociedad.

 

Mientras el héroe clásico y el héroe renacentista-shakesperiano se mueven en una sociedad cuyos valores todavía le permiten reconciliarse con ella, al héroe romántico no le han dejado siquiera esa posibilidad. Siente la vacuidad de un mundo en el que los ideales,  las adversidades, las creencias no tienen perfiles definidos; un mundo en el que “todo depende”, y el héroe no se siente guiado por una vigorosa moral colectiva ni empujado a grandes fines ni a sentir esperanza alguna.

 

Pese a todo el artista romántico nunca se ha rendido y ha seguido concibiendo personajes que se guían por incentivos clásico-heroicos a pesar de que, al mismo tiempo, se halla viviendo en un mundo que ya es totalmente ajeno a tales ideales. Pero con el derrotado fin de la revolución romántica el Yo heroico-trágico se desvanece en la vacuidad del siglo XX. Ahora el sin sentido aleja al hombre de sí mismo, de la acción y lo rinde a la pasividad. En El final de la partida de Samuel Beckett, uno de los personajes exclama con énfasis casi clásico: “¡La naturaleza nos ha olvidado!”, el otro contesta simplemente: “Ya no hay naturaleza”. Y otro autor, Jean Anouilh escribe: “Pero aquí todo es absurdo. Todo es vano. Finalmente ya no hay nada que intentar”. Entre el “ya no hay naturaleza” y el “ya no hay nada que intentar” se abre todo un universo trágico del que el heroísmo ha sido erradicado. A diferencia del romántico, que aunque deba hacerlo a ciegas, no deja de devolver todos los golpes que le asestan con un ejercicio supremo de la voluntad y de la imaginación; en el hombre actual todo heroísmo ha desaparecido, la voluntad de dejado de ser una potencia insobornablemente dirigida por el hombre. El romántico, en su audacia, lo mismo ha emprendido el ascenso a los territorios míticos de la luz que el descenso a los infiernos oníricos de la sombra, pero al menos luchaba, se movía, vivía. Pero el hombre que le sigue ya no aspira a la “Edad de Oro” porque ya ha perdido sus huellas. Caídos los grandes presupuestos románticos en la morbidez de un mundo en el que “todo es culpa, pero no se sabe porqué, no se sabe de qué, no se sabe hacia quién” escribe Beckett.

 

Continuará

 

Elena Machado Devis, Octubre 2005.

 
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