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EL ENCARGO
El sudor recorría su espalda, sus mejillas ardían y su mano pegajosa sostenía el teléfono. Al otro lado de la línea, el gerente le insultaba con improperios innombrables y vociferaba de tal forma que Luis tuvo que alejar el auricular de su oído para no sumar, al calor que sentía, el dolor agudo en su tímpano izquierdo. Sin decir una sola palabra, colgó, y únicamente fue capaz de dirigir su mirada al impreso amarillo que había sobre la mesa. Tenía todo el cuerpo contraído y un único pensamiento le martirizaba: su cobardía.
Toda su vida había transcurrido accediendo una y otra vez a los caprichos de los demás, como si su cumplimiento le redimiera de su insultante mediocridad y le sublimara hacia una esfera superior, a donde pertenecían todos los que le rodeaban. Su autodesprecio le impedía enfrentarse a las constantes vejaciones de las que era víctima. Su cerco era cada vez más pequeño y su único deseo era escapar. Aunque lo había hecho reiteradas veces, la huida había sido inútil. Ahora, en su último trabajo en una compañía de seguros, de nuevo le había encontrado. Fuera donde fuera siempre estaba esperándole. Esta vez se había personificado en el gerente de la empresa, ambicioso y de pocos escrúpulos, que aprovechaba cualquier oportunidad para demostrar su prepotencia, rebajándole y haciéndole sentir el ser más infeliz de la tierra.
A lo lejos unos zapatos de tacón se aproximaban. Meses antes, ese sonido tintineante le habría hecho olvidar cualquier cosa y toda su atención se hubiera concentrado en calcular su dirección e intensidad para averiguar a dónde se dirigía. Siempre tuvo la esperanza de oírlo acercándose hacia su silla y parándose a su lado, y que después Clara le susurrase al oído alguna palabra cómplice que ineludiblemente confirmara su pasión por él. El sonido de claqué se acercaba cada vez más, alcanzó su cenit delante de su mesa, y luego fue decayendo hasta desaparecer detrás de la puerta del despacho del gerente. Luis conservó a Clara en su retina unos segundos, viendo de nuevo sus rizos apresados en horquillas de colores y el aleteo de su vestido al caminar. Instantes después oyó su risa tras el cristal el cristal de la puerta.
Derrotado, regresó al imperio amarillo de su mesa y empezó a transcribir los datos al ordenador, pero entonces su corazón empezó a tener vida propia, apoderándose de todo su cuerpo y acelerándolo hasta el límite. Casi sin respiración, se abalanzó sobre su chaqueta y sacó unas píldoras que tragó con avidez. Cerró los ojos suplicando el final de aquella pesadilla. Al cabo de unos minutos, el aire llegó de nuevo y aspirando profundamente cogió su chaqueta y salió a la calle.
Sentado en la barra de un bar, le invadió una sensación de serenidad y lucidez. Sus ojos estaban absortos en una máquina tragaperras. Las luces centelleantes hipnotizaban su mirada, y la música, de órgano de feria, parecía ser parte de su pensamiento. Una mujer obesa con gafas gruesas que advertían de su parcial ceguera, alimentaba la máquina tirana que le exigía una y otra vez más dinero para expulsar el metal acumulado.
La mujer vació su monedero, sin que su servil obediencia fuera premiada. Tambaleándose con su bastón salió a la fría calle, donde un fuerte viento amenazó su equilibrio. Después de verla Luis se concentró de nuevo en las perennes luces intermitentes, se acercó e introdujo una moneda en la ranura. La música de organillero empezó a sonar de forma estridente y de pronto las monedas empezaron a caer como una cascada interminable. Y fue entonces cuando se le ocurrió...
Necesitaba ver a su hermano. Carlos, a diferencia de él, era un parásito que vivía a costa de todo aquel que se pusiera a su alcance. Su capacidad para el lisonjeo y la manipulación le habían hecho ganar una nómina regular al servicio de los extorsionistas de la ciudad. Carcomido por el alcohol y los excesos, tenía una apariencia decrépita que quería ocultar con una actitud arrogante e insolente.
Luis encontró a su hermano en su "oficina" habitual, un peep show del barrio chino donde innumerables mujeres inmigrantes ofrecían sus encantos exóticos a unos hombres babeantes y en estado de shock. Carlos, con el estilo condescendiente que utilizaba para señalar su superioridad, saludó a su hermano y le invitó a sentarse a su lado en el "reino de la belleza". Desde hacía años, Luis se mantenía alejado de su consanguíneo todo el tiempo que le era posible, hasta que Carlos le buscaba para resolver alguno de sus habituales problemas de dinero; pero en aquella ocasión fue Luis el que le pidió un favor.
Necesitaba que matasen a un individuo. La humillación, la rabia, la frustración y el dolor que sentía sólo desaparecerían cuando aquel hombre también lo hiciera. Quería que fuera rápido y sin error posible. Había descrito todos los movimientos de la víctima y los datos importantes en un texto manuscrito, introduciéndolo en un sobre cerrado, de modo que sólo él y el asesino pudieran llevarse el secreto a la tumba.
Carlos accedió a cumplir con los términos de la operación; a cambio, claro está, de una sustanciosa cantidad de dinero. Enviaría a uno de sus contactos para ejecutar el trabajo y le daría el sobre, para así no comprometerse personalmente. Después tranquilizó a su hermano y le dijo que cuando el orgullo está herido hay que actuar con decisión y sin miramientos. Nada hay más importante que uno mismo, salvo uno mismo.
Luis cruzó el parque con una excitación inaudita. No, esta vez no necesitaba las píldoras. Su estado no respondía a un ataque de pánico, sino de alegría sublime. Durante toda la tarde estuvo imaginando el momento culminante de su "encargo", una y otra vez experimentó el instante de la liberación.
Por alguna razón que ignoraba, fueron pasando los días y el "trabajo" no se realizaba. Empezó a dudar de su hermano y de su supuesta capacidad para esa clase de negocios, y decidió hacerle de nuevo otra visita para recordarle su compromiso.
Era noche cerrada y la Luna nueva brillaba por su ausencia. Se dirigió al peep show y avistó unas cuantas prostitutas cerca de las esquinas próximas al local. De pronto, sintió una punzada intensa en su costado derecho; se giró hacia atrás intentando descubrir la fuente del dolor y recibió otra cuchillada en su estómago. Un líquido rojo y caliente resbalaba por su pierna cayendo al suelo y formando el lecho sobre el cual cayó desplomado. Sintió cómo unas manos se precipitaban sobre sus bolsillos con avidez, y que, sin clemencia por su sufrimiento, golpeaban sus heridas. Cuando el allanamiento cesó, abrió los ojos y vio una figura oscura alejándose rápidamente. Entonces Luis alzó su mano, miró su sangre goteando a través de sus dedos y una sonrisa apareció en su cara.
Margalida Barceló, 2005
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