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Nota del autor:

relato libre inspirado en la película de los años 70  del mismo título 

 


JOHNNY COGIÓ SU FUSIL


 

Hay sucesos que, inevitablemente, son el detonante de situaciones posteriores. Lo fue el ataque japonés a Pearl Harbour en 1941, que provocó la entrada de los EE.UU. en la II Guerra Mundial, y también lo fueron los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki, que precipitaron la rendición nipona (capitulación del 2 de Setiembre de 1945). Sirvan estas breves observaciones para situar en el tiempo el presente relato.

 

            La camilla con ruedas presidía el centro de la inmensa sala. Cuatro enormes focos estratégicamente prendidos del techo, alumbraban al paciente. Una inmaculada sábana cubría parcialmente el cuerpo de Johnny, o lo que quedaba de él. Aquel despojo humano se esforzaba por entender la situación. Su ser mutilado, huérfano de extremidades, intentaba en vano iniciar algún movimiento. Deslumbrado por los focos, más que ver, adivinó a una serie de personas que le observaban meticulosamente a su alrededor, intercambiando opiniones entre ellos. Cuando sus ojos se habituaron a la cegadora luz, comenzó a distinguir tan variopinta compañía: médicos con impecables batas blancas; cirujanos con el clásico atuendo verde; enfermeras cuyos diminutos batines apenas cubrían sus interminables piernas; militares de alta graduación, ásperos y secos; un capellán castrense (delatado por el alzacuellos) y algún individuo más que su ángulo de visión y su incapacidad de movimiento le impedían distinguir.

 

            Johnny todavía no era plenamente consciente de su situación, pero un negro presagio se fue apoderando de él. Intentó nuevamente estirar una pierna pero las órdenes emitidas por su cerebro no obtuvieron respuesta. Hizo lo propio con la otra y el resultado fue el mismo. Horrorizado, comprobó con la vista que el montículo que formaba su cuerpo se convertía en llanura al llegar a la altura de lo que suponía las caderas.  Quiso gritar pero no pudo, tan solo un sonido gutural e ininteligible salió del oscuro agujero que un día fue perfecta boca. Su desazón fue en aumento. Un líquido viscoso y tibio empezó a descender por el mapa-mundi de su cara. La rosácea cortina le enturbió la visión. Instintivamente intentó frotarse los ojos pero descubrió con pavor que también le faltaban los brazos. Su zozobra era tan evidente que, a pesar de su inmovilidad,  fue advertida por los galenos que se apresuraron a inyectarle morfina.  Uno de los médicos le preguntó si  le oía.  Johnny intentaba decirle que si pero no podía contestar. El doctor volvió a insistir nuevamente, inclinándose sobre la camilla y alzando el tono de voz.  Sus palabras atravesaron los restos del pabellón auditivo del paciente y se clavaron en sus tímpanos como punzones al rojo vivo. El dolor  fue tan intenso que estuvo a punto de perder el conocimiento. Tuvo suerte de que la droga suministrada empezó a hacer efecto y entró en un estado de sopor muy agradable.  Sus remendados párpados pugnaban por permanecer abiertos  y su pensamiento buscaba ansioso respuestas a un tropel de preguntas: ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Qué hacía toda esa gente a su alrededor? ¿Por qué le miraban como si fuese un monstruo? ¿Cuánto tiempo llevaba en esta situación?  Cuando sus ojos se cerraron por completo, su alma abandonó temporalmente su cuerpo  y remontó el vuelo en busca de su pasado.

 

            Un aroma de natillas con canela le transportó a la cocina de su casa familiar. La vieja canción, tantas veces repetida en la radio de galena, le evocó la imagen de su madre: bondadosa, alegre, protectora.

 

            Un gusto a regaliz le embarcó en nuevas aventuras con los amigos de la infancia, aficionados a los novillos y competidores en travesuras, crueles algunas, inocentes  y cándidas la mayoría.

 

            El roce áspero del petate sobre la espalda y el caqui del uniforme, le condujeron a la fila de reclutamiento para cumplir el voluntariado  militar.  De esta etapa de su vida lo único que le quedaba era el recuerdo de buenos camaradas con los que compartió imaginarias, chusco y raciones de bromuro.

 

            Alegres pajarillos de melodiosos trinos en frenético vuelo; flores de mil colores con sus brazos extendidos al cielo; un sol radiante y madrugador que provocaba chispas de plata en el cercano riachuelo. Todo ello componía una sinfonía de colores y sonidos anunciando solemne, cual ópera de Verdi, la llegada de la Primavera. En medio de tan incomparable marco y compitiendo en hermosura, Clara, su primer y único gran amor. Juntos despertaron sus sentidos a la vida, jugaron los juegos prohibidos, exploraron cada rincón de sus cuerpos, y sus dedos se perdieron en los pliegues de la piel.

 

            La felicidad no dura eternamente y nuestros dirigentes y politicastros se encargan de recordárnoslo con demasiada frecuencia. El bombardeo de Peral Harbour había precipitado la entrada de los yankees en la contienda y la denominada Segunda Guerra Mundial  pasaba a ser ahora todavía más mundial. La flor y nata de la juventud americana se había presentado a la llamada del tío Sam.

 

Las  largas filas en espera de embarcarse hacia Europa parecían ocupadas por alegres colegiales que se iban de excursión.  Un viejo escéptico y pesimista sólo veía mansos corderos en dirección al matadero. Johnny, en el muelle, se despedía de Clara. Se  habían fundido en un fuerte abrazo y sus cuerpos permanecían pegados como imanes. Distinguía cada centímetro de su piel, esa piel tantas veces explorada en intensas noches de amor. Sus labios se fundieron en un mágico beso hasta que la sirena del barco anunciando la partida rompió el embrujo. Se separaron muy lentamente sin dejar de mirarse. Unas lagrimitas, diminutas como perlas, se deslizaron por las mejillas de ella. Un nudo en la garganta le impidió articular el último adiós a él.

 

La interminable travesía del Atlántico transcurrió entre gritos y cánticos de los jóvenes soldados, ebrios de patriotismo y de güisqui. Johnny, solitario en un rincón, no era partícipe de esa desbordada alegría. Parte de su alma y de su ser habían quedado atrás, anclados en el muelle. Algo en su interior le decía que ya nada volvería a ser como antes.

 

Una vez desembarcados en la vieja Europa y tras una intensa semana de instrucción militar, los jóvenes reclutas ya se encontraban en el frente.  El primer día en la contienda fue el peor. La ilusión y el patriotismo inicial se esfumaron como por arte de magia. La tarea primordial de los novatos consistía ahora en dominar el miedo; impedir que el instinto básico de supervivencia les alejara de tan dantesco escenario en cobarde huída.

 

El resplandor de las bombas iluminaba parcialmente la noche a intervalos irregulares. Los oficiales vociferaban órdenes ininteligibles. Los gritos desesperados pidiendo ayuda se sucedían sin cesar. Los sanitarios, en frenética carrera, se afanaban en llegar a los heridos para auxiliarlos. El aire que se respiraba era nauseabundo. Un hedor mezcla de pólvora, azufre y carne quemada hacía insoportable la situación.

 

A veces, todo este maremagno de sensaciones visuales, sonoras y olfativas, se suspendían por un momento, como obedeciendo órdenes de un ser divino. Entonces, los soldados recelosos se incorporaban lentamente recuperando su verticalidad, respiraban aliviados y se sacudían mecánicamente el polvo de los uniformes. Pero esta paz era efímera, un espejismo en el desierto. Los cañones volvían a vomitar fuego por sus negras bocas con más virulencia si cabe. Parecía como si esos escasos minutos de descanso les hubieran renovado las energías. Volvían a rugir serios, masculinos, avasalladores. Y vuelta a empezar; a buscar cobijo al amparo de un árbol, de una roca o de un cadáver yerto, aún caliente.

 

Una sirena que sonaba como árbitro de fútbol señalando el final del primer tiempo del partido, era el inicio de una tregua parcial. Los sanitarios de ambos bandos, enarbolando banderas blancas y de la cruz roja,  se apresuraban en retirar sus muertos y heridos del campo de batalla. Unas pocas horas para dormir (el que pudiera) o descansar y vuelta a empezar. Otra vez los disparos, los gritos, las bombas.

 

Johnny había aprendido a calcular la trayectoria de los obuses haciendo caso a su fino oído: “¡Tranquilos, éste cae lejos!”, decía o: “¡Agachad la cabeza, que éste nos despeina!”, se atrevía a bromear.  Pero esta vez el canto de la bomba que se aproximaba no estaba en su catálogo de sonidos. Aunque agudizó sus oídos para precisar sus cálculos, ya era demasiado tarde. De inmediato comprendió que el amenazador obús no producía un silbido en el aire como los otros, era más bien un réquiem solemne.

 

Primero un regusto de sangre tibia recorrió su boca. Después resonaron en sus oídos globos hinchados estrujados con las manos. Más tarde se apagó la luz. Finalmente, el silencio absoluto.

 

Su alma viajera, volando con el viento y jugando con el tiempo, aterrizó ahora en la cruel realidad del maltrecho cuerpo de Johnny.  De nuevo la luz cegadora, la fría y aséptica camilla y las voces de los doctores que seguían discutiendo entre ellos. Intentó llamar la atención para avisar,  ya había recuperado la conciencia  pero seguía sin poder hablar. Tuvo la  suerte de que uno de los médicos castrenses, al sentir un leve ruidillo se girase y descubriese que Johnny tenía los ojos abiertos. Nuevamente todas las doctas miradas se dirigieron a él. Iniciaron una retahíla  de preguntas sin obtener respuesta. La única señal de vida de ese cuerpo casi inerte era un parpadeo constante de sus ojos.

 

De repente, una decidida voz sonó en la sala: “¡Ya lo tengo!” Todas las miradas apuntaron ahora al que había pronunciado tan categórica frase. Era un hombrecillo menudo y de ojos inquietos, cuyo uniforme, perfectamente planchado, no lucía tantos galones como el resto de los militares. “¡Usted dirá!”, le espetó uno de los coroneles presentes. Nerviosamente y con voz insegura expuso a todos su idea. Explicó la posibilidad de que el paciente conociera el alfabeto Morse y con este sistema, traduciendo los signos con movimientos de los ojos, podrían llegar a entenderse. Después de unos instantes dubitativos, todos los presentes, de uno en uno, fueron asintiendo con sus cabezas. Finalmente, el coronel dijo: “¡Proceda!” 

 

Obedeció de inmediato. Con delicadeza apoyó dos dedos sobre el vendaje que cubría la frente del paciente y con leves percusiones, utilizando el código Morse, intentó la comunicación. Los ojillos del militar brillaron de alegría al ver que su mensaje obtenía contestación. Durante quince minutos se estableció un fluido intercambio de preguntas y respuestas. Johny empezaba a verlo claro. El coronel que parecía estar al mando, impaciente, hizo traer cuaderno y bolígrafo para que le transcribieran la conversación. El experto en Morse obedeció, fue anotando toda la plática hasta que en un momento determinado se detuvo bruscamente y miró a Johnny a los ojos. “¡Continúe!” vociferó groseramente el coronel. La mano temblorosa del traductor  escribió: "¡QUIERO MORIR, MÁTENME!" El coronel, visiblemente alterado, dirigiéndose al capellán  castrense y con su habitual grosería le ordenó: “¡Haga algo, es su obligación!” El capellán, en un alarde de entereza le contestó: “Esto es un producto de su profesión, no de la mía.”

 

El dolor había desaparecido por completo, el olor a mercurio cromo también; la potente luz de los focos se había apagado y el silencio total se había apoderado de la sala definitivamente.

 

 FERNANDO ORTIGOSA MORA

 Palma de Mallorca, Junio 2005.

 

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