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Magia


  

 

            Todo ocurrió un día normal, exactamente durante la clase matemáticas que daba aquel sesudo y racional profesor, curtido en años de enseñanza a pequeñas y curiosas mentes imaginativas. En su clase había treinta niños y niñas de unos ocho añitos, enfrascados en intentar solucionar aquellos enrevesados problemas que les planteaba su maestro. Aquel día, había un pequeño premio para el esfuerzo mental, ya que detrás de la puerta de cristal esperaba un extraño hombre, con un sombrero pintoresco y una capa atada al cuello; evidentemente, distraía la inconsistente concentración de los alumnos, pues era un señor sorprendentemente distinto a su profesor, ya que tenía una mirada curiosa y alegre, y no dejaba de hacer mimos para llamar la atención del que iba a ser su público.

 

            Cansado e irritado por la actitud del mago, el profesor decidió dar por concluida la clase antes de la hora para dar paso a un nimio espectáculo de ilusionismo. Con un corto y brusco gesto dio entrada al extraño personaje. Las pequeñas estrellas y lunas de colores de su túnica y de su capa eran exactamente iguales a las del carrito que empujaba.

 

-    ¡Buenos díaaaaaaaaaaaaaaaaaaaas! –dijo con una voz llena de misterio y alegría-. Soy el mago de los magos, el rey de los reyes; soy el más grande de los niños, ya que mi cuerpo es el de un señor mayor, pero en mi interior cuento con los mismo años que vosotros, mis queridos angelitos –e hizo una reverencia tras la cual los niños empezaron a aplaudir con aquella mirada boquiabierta.

 

Empezó con unos trucos normales, pero se guardaba el más espectacular para el último momento. Tras separar la parte superior de su carrito y dejarla sobre la gran mesa del profesor, empujó el resto hacia un rincón, separando las dos partes unos metros. Volvió a la caja que había dejada en la mesa para, tras introducir las manos, sacar un pequeño perrito prácticamente recién nacido y enseñarlo a todos los alumnos levantándolo sobre su cabeza. Después, con un aura de misterio, introdujo cuidadosamente el precioso cachorro en la caja y dio unos pases mágicos; seguidamente desmontó aquella caja prácticamente del todo ante el asombro de los niños: ¡había desaparecido! El perro no estaba. Entonces el mago se desplazó lentamente hacia el carrito haciendo como si el pequeño animal fuese volando (sabía que se había ganado la atención de los que ahora eran “sus” alumnos); llegó al carro:

 

-     Niños y niñas –dijo con voz grandilocuente-, os presento al primer perro volador –y sacó la preciosa mascota del carrito, invitando a todos los presentes a que se acercasen para acariciarlo.

 

Sin tiempo para los aplausos, todos saltaron ilusionados de sus minúsculas sillas para ser el primero en mimarlo; el profesor, al ver el tumulto formado, sacó a relucir sus años de “racionalidad” y pensó que lo más “lógico” era deshacer el engaño y dividir la clase en dos grupos para que los niños pudiesen disfrutar de los dos perritos. Así pues, se acercó a la caja que había en su mesa y sacó al primer cachorro de ella, con lo que las inocentes criaturas se dividieron en dos grupos perfectamente organizados para disfrutar del momento.

 

Evidentemente, el mago vio invadido su territorio y lanzó una furiosa mirada de desaprobación al profesor, que lo miraba orgulloso y desafiante, pues se había vengado por la intrusión de aquel patético hombrecito en “su” clase, consiguiendo, además, que como siempre reinase la lógica de la ciencia, ya que no había sido nada complicado percatarse del truco utilizado.

 

-     ¡Eres malo! ¿Por qué lo has hecho? –gritó una desilusionada y pequeña voz. Al maestro se le ensanchó la sonrisa, creyendo que esa crítica se la estaban haciendo al mago por mentiroso, ya que había escondido a uno de los perros, pero cuál fue su sorpresa cuando, al mirar a aquella niña rubia de ojos llorosos, se encontró con que le estaba mirando a él y no al mago-. ¿Por qué has convertido la ilusión en engaño? Yo prefería “creer” que había un perrito que había aprendido a volar, antes que “saber” que hay dos normales”.

  

¿Por qué todo tiene que tener siempre una explicación lógica?

¿Dónde quedan en el mundo de los adultos la contradicción, la ilusión y la magia?

¿Qué ha de malo en soñar, siempre que no quedes atrapado en ese mundo?

¿Por qué no dejar salir a nuestro NIÑO INTERIOR?

 

Joan Nicolau, 2005

 

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