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SIN DISFRUTAR DEL PARAÍSO
Rompió a llorar. Estaba en su luna de miel y, sin saber por qué, rompió a llorar. Todo había salido como ella había imaginado: un bonito traje de novia, un marido atento y atractivo, el fastuoso piso que se habían comprado, los regalos, los invitados, los besos y las felicitaciones. No había faltado nada ni nadie, pero ella se moría por dentro.
Habían llegado a Roma por la mañana. Era el viaje de sus sueños. Él se lo había regalado. Estaban alojados en un lujoso hotel del centro, cerca de la Piazza di Spagna. Todo era perfecto. En el avión les invitaron a Don Perignon y en el aeropuerto les estuvo esperando una enorme limusina. Él lo había organizado todo para darle una sorpresa. Ella estaba sonriendo, acorde con la situación en la que se había visto metida. En otros tiempos hubiera sonreído de verdad, de corazón, pero ahora se sentía hundida en la más atroz desesperación. ¿Por qué?
Quizás porque simplemente ya no era quien quería ser, la mujer fuerte y luchadora, la estudiante empedernida, la chica de pensamiento libre que siempre llevaba mil preguntas en la mirada… se había convertido en una simple marioneta de la vida, un muñeca a la que se le daban sorpresas y que sonreía agradecida porque así dictaba una ley no escrita a la que se le suele llamar educación.
Lloraba, allí, en medio de aquella exquisita habitación decorada con opulentos detalles. Se daba pena a sí misma por no poder gritar su tristeza, por tener la certeza de que nadie la iba a entender, de que nadie iba a poder compartir aquella insoportable falta de sí misma que le quemaba las entrañas. Se preguntaba si ese era el tributo que tenía que pagar por poder tener de ahora en adelante una vida sin turbulencias materiales, una vida sin el despertador a las siete de la mañana, una vida sin jefes ni oficinas, sin teléfonos, sin el esclavizante trabajo de ocho horas al día. Se preguntaba si ese era el peaje que tenía que pagar al rey dinero por haberse atrevido a entrar en su ilusorio mundo. Las preguntas la atormentaban: ¿por qué había que pagar siempre tan alto precio al malvado y engañoso rey? Pagar con el propio tiempo, pagar con el aguante de la humillación, pagar con la capacidad de nuestras mentes o con la fuerza de nuestros brazos, pagar con sueños, pagar con la identidad del propio ser... pagar, siempre pagar. Hasta para expresar la indignación por su cruel dictadura utilizamos palabras que sutilmente implican su existencia y su reinado por Siempre, Siempre…
El atardecer empezaba a acariciar los tejados de la Ciudad Eterna. Una suave brisa golpeaba las cortinas de seda transparente. Ella se levantó despacio y se acercó a la gigantesca puerta acristalada que conducía al balcón. Sus pasos apenas tocaban las suntuosas alfombras. Atraída por el bullicio de la ciudad que latía con fuerza cinco pisos más abajo, cruzó el umbral. Se asomó con cuidado por encima de la barandilla de piedra para llenarse del frenético espectáculo de la vida: hombres y mujeres en motocicleta se deslizaban entre los coches que esperaban impacientes que la luz del semáforo se volviera verde, unos cuantos niños jugueteaban en la acera, el camarero del restaurante de la esquina no paraba de piropear a las chicas que se le cruzaban por delante y las parejitas de ancianos paseaban sosegadamente, protegidas por la cálida tarde de verano.
Allí arriba, en el quinto piso, el aire se hacía cada vez más denso e irrespirable. Poco a poco, ella sintió como sus pies se desprendían del suelo y como su cuerpo entero fluía plácidamente hacia la otra parte del balcón, buscando el soplo fresco y renovador de la vida. Abrió los brazos abrazando el aire.
* Silencio. No había más que silencio.
Sintió las palmas de sus manos haciendo fuerza sobre una superficie rígida, empujándola hacia abajo como si intentaran conseguir que llegara a tocar las entrañas de la tierra.
Lentamente tomó conciencia de su cuerpo. Lo notaba rígido como una tabla de madera gruesa. El esfuerzo había paralizado por unos instantes todos sus sentidos. Pasados unos minutos, consiguió mover un brazo, luego el otro, estiró las piernas y levantó la cabeza de la almohada empapada de sudor. Abrió los ojos con temor y al descubrir que estaba en la habitación de su humilde casucha, respiró hondo esbozando una tranquila sonrisa y recordó que era feliz. Elena S. 2005
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