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La Extinción del Romance
La íntima comunión entre el género lírico y la poesía, medio de expresión literaria al que tan bien se acomoda, hace que muy habitualmente tendamos a obviar que ésta fue también -y pudiera seguir siéndolo si no estuviera tan en desuso la cultura de la rima- vía para la narrativa. No hace tanto, a escala histórica, que aún se servía el verso para la composición de largos poemas épicos: aún era una costumbre habitual entre los poetas del siglo XIX, que llegaron a crear auténticas epopeyas como, por citar un ejemplo, La Atlàntida del catalán Jacint Verdaguer.
Hoy, apenas sí sobrevive la épica poemada en lengua castellana, relegada por completo al olvido: el porqué de ello sería materia para todo un análisis sociológico que se saldría de las humildes pretensiones de este artículo. Tan marginado se encuentra el verso narrativo castellano que ha sido desterrado por completo de la erudición literaria, y sus únicos reductos se hallan en el casi insospechado medio de una literatura oral, a su vez moribunda: así, esta supervivencia la encontramos en apartadas aldeas de la Península Ibérica (en Castilla, León, Cantabria y Extremadura, especialmente), pero también en Oriente Próximo y el Norte de África (dentro de la secular tradición del folclore sefardita), y en América (no sólo en la América hispana, sino también en Brasil, Luisiana, Texas, Nuevo México y California, en el seno de algunas minoritarias poblaciones rurales integradas por descendientes de antiguos colonos españoles).
Está casi extinta poesía épica oral -y cantada- se manifiesta a través, sobre todo si no exclusivamente, del romance, composición de versos generalmente octosilábicos y con rima en asonancia en los pares, a cuya sencilla estructura se adapta con gran comodidad el discurso narrativo -y también el lírico-. Por increíble que pueda parecer, la poesía popular contemporánea de la que estamos hablando es continuadora, en gran medida, de la tradición temática del romancero medieval castellano -aunque, eso sí, transformada y reinterpretada-: en ella están aún presentes los ciclos del rey don Rodrigo, del Cid, e incluso la roldanesca y otras materias de Francia… La poesía épica tradicional hispánica permanece, pues, aún viva -si bien no sabemos por cuántos pocos años más-, gracias al folclore de las comunidades que han permanecido más ajenas al desarrollo industrial dentro de la amplia geografía de la lengua castellana.
Es más que probable que este aislado fenómeno no consista sino en los estertores previos a la extinción del romance como subgénero literario, algo que ocurrirá ineludiblemente salvo que los poetas con nombre y apellidos, devolviéndole a la letra escrita viva, lo rescaten del anonimato de una tradición oral a las puertas de la muerte. La vasta riqueza del romancero, que extendió un día sus brazos como raíces de un árbol sediento que bebió de toda fuente posible, dando lugar a una inmensa mitología y a una poblada galería de personajes, desaparecerá para siempre. Sólo nos cabe un consuelo: la letra impresa ha dejado suficiente testimonio como para que, algún día, alguien recupere todo ese tesoro y las andanzas de Gerineldo, doña Alda, la mora Zaida o el conde Alarcos sean de nuevo recibidas con entusiasmo entre el pueblo.
Los orígenes del romance son oscuros, si bien hoy se tiende a considerar como teoría más susceptible de ser cierta la expuesta por Menéndez Pidal a principios del siglo XX: no se trataría sino de la "degeneración" del cantar de gesta altomedieval, que en sus últimas manifestaciones se acogió fundamentalmente a una métrica de versos monorrimos de dieciséis sílabas: éstos y la sucesión de octosílabos de rima asonante en los pares son, sonoramente, idénticos, por lo que la posible parentela se hace evidente. Menéndez Pidal se imaginó a la audiencia de los juglares haciéndose repetir los pasajes más hermosos de los cantares una y otra vez, recitándolos luego de memoria y, así, popularizándolos. Posteriormente, para responder a estos nuevos gustos, los juglares habrían comenzado a componer asimismo nuevos poemas cortos de cariz épico -y también lírico-, dándose de esta manera lugar al nacimiento del fenómeno romancístico.
Si bien el primer romance del que se guarda testimonio data de 1421 (La Dama y el Pastor, transcrito en Italia por el mallorquín Jaume d'Olesa en una deliciosa mezcla de castellano y catalán), los filólogos y estudiosos de la Literatura parecen haber hallado suficientes pistas como para dar por sentado que el proceso de "arromanzamiento" de los cantares de gesta dio comienzo en el siglo XIII. Estos primeros romances son los llamados "romances épicos viejos" o "históricos tradicionales", y se subdividen en distintos ciclos: el ciclo del rey don Rodrigo -en el que se narra episodios afines a la pérdida de España por el último monarca visigodo-, el de Bernardo del Carpio -que cuenta las aventuras de un legendario héroe hispano que habría vencido a las huestes carolingias en Roncesvalles-, el del conde Fernán González -centrado en la rebelión que emancipó Castilla del reino de León-, el de los Infantes de Lara y su trágica gesta, y el del Cid -dividido a su vez en cuatro subciclos: el de las mocedades de Rodrigo, el del cerco de Zamora, el de la conquista de Valencia y el de los infantes de Carrión-.
De composición posterior, y en principio nacidos ya como romances -es decir, sin ser la posible "degeneración" de ningún cantar de gesta-, nos encontramos con los "romances históricos" propiamente dichos, dentro de los cuales se tiende a diferenciar dos tipos: el de aquéllos que, sirviendo como instrumento de difusión de noticias o incluso de propaganda, fueron compuestos por los juglares coetáneamente a los hechos narrados; y el de aquéllos que, muy posteriormente al momento histórico de la acción, fueron escritos por eruditos anónimos que se inspiraron en crónicas y otras fuentes. Entre los primeros, compuestos sobre todo a lo largo de los siglos XIV y XV, destacan los del ciclo de Pedro el Cruel y la guerra sucesoria contra su hermano el futuro Enrique II.
Los llamados "romances fronterizos", o "moriscos", podrían incluirse entre los históricos compuestos contemporáneamente a la sucesión de los hechos narrados, pero suelen clasificarse aparte por sus específicas características: tratan de las aventuras y desventuras de la Reconquista tardía, en el siglo XV, en las regiones fronterizas entre los reinos cristianos y los musulmanes. Al contrario de lo que se pudiera pensar en un principio, el romancero fronterizo no es exclusivamente de carácter bélico, sino que muy al contrario manifiesta una refinada lírica que podríamos definir como "mudéjar": los vencedores, entusiasmados ante el resplandor cultural de los vencidos, se dejan contagiar de su formas de vida y gustos, siendo a menudo que en este tipo de romances la compasión por el fatal destino de los derrotados es el tema principal de la composición. Dentro de este subtipo romancístico, destacan los ciclos de la conquista de Granada y del Abencerraje.
Los conocidos como "romances de materia de Francia" parecen haber nacido en dos momentos distintos. Por un lado, nos encontramos con los "romances carolingios", que quizá, como los "épicos viejos" de materia nacional, podrían haber surgido a finales del siglo XIII y principios del XIV a partir de cantares de gesta altomedievales que adaptaran a la lengua castellana la celebrada poesía épica francesa: en ellos se nos narran los asuntos de Carlomagno, Roldán y demás héroes carolingios. Y por otro lado, ya compuestos a partir de finales del siglo XIV y principios del XV, tenemos los "romances de tema bretón", en los que se adapta el ciclo de materia artúrica: en ellos Ginebra, Lanzarote, Tristán y demás personajes del ciclo de Bretaña se convierten en protagonistas de romance castellano.
Pero el mayor cuerpo de la romancística castellana está compuesto por lo que se ha convenido en llamar "romance novelesco": en él se da lugar a una gran variedad temática, desde el romance bíblico o de tema mitológico grecolatino al romance lírico, pasando por el "arromanzamiento" de episodios novelescos y poéticos de la literatura europea medieval e incluso de la árabe. Es lo que, en otros términos, se vino a conocer en su momento como "Romancero Nuevo", pues su composición parece haber surgido en plenos siglos XV y XVI, momento en que el romance es acogido con gran entusiasmo tanto entre la nobleza refinada como entre la burguesía emergente y el vulgo. Los juglares, respondiendo a la imperante demanda, dieron lugar así a una riqueza literaria inmensa que, unida a la ya contenida en el "Romancero Viejo", terminó de dar cuerpo al vasto panteón de personajes de la romancística castellana. Hasta la propia erudición literaria se contagiaría del éxito del romance, que fue cultivado por nombres propios tales como los de Lope de Vega, Luis de Góngora, Francisco de Quevedo y Miguel de Cervantes.
A partir del siglo XVII el auge del romance decae: su uso parece ser abandonado por las clases cultas, pero no por las populares urbanas y las rurales, que continúan la tradición. El hecho de que la erudición deje de interesarse por el romance deja a éste en manos menos avezadas, por lo que comienzan a abundar producciones de mínima calidad. Este fenómeno es conocido como "romance vulgar", "de cordel" o "de ciego", dado que se difundía en pliegos sueltos que eran expuestos colgados de un cordel y sus autores, muy a menudo, eran vagabundos invidentes.
A partir de finales del siglo XVIII, con la irrupción del Romanticismo, los poetas cultos volvieron a interesarse por el romance como vehículo narrativo, recuperando un uso que perduraría hasta principios del siglo XX: desde José de Zorrilla al Duque de Rivas, pasando por Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez y tantos otros, el romance estuvo literariamente vivo hasta casi ayer, dando obras de excelencia tales como La Tierra de Alvargonzález de Antonio Machado o el Romancero Gitano de Federico García Lorca.
Hoy, el romance está prácticamente muerto. Tan sólo su supervivencia en el mundo rural le ha librado de la total extinción, habiendo desaparecido incluso de éste con la excepción de esas aisladas comunidades antes citadas. En la Literatura contemporánea sólo la prosa parece tener salida: hasta lo lírico deja cada vez más de expresarse en el lenguaje del verso, y éste es cada vez menos rima y más prosa poética. La poesía se debate con serias dificultades, y dentro de ella el romance agoniza…. ¿Sobrevivirá? Para ello, quizá, haría falta un nuevo renacimiento como el vivido a finales del siglo XVIII y principios del XIX, un Romanticismo del siglo XXI: en manos de los nuevos poetas, pues, está la suerte del romance.
Antonio Martínez Jover, 2005. |
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Bibliografía:
- Romancero Viejo, edición de María Cruz García de Enterría, 1987, Editorial Castalia.
- Romancero, edición de Paloma Díaz-Mas e introducción de Samuel G. Armistead, 1994, Ediciones Crítica.
- El Romancero Español, introducción de Mauro Armiño, 2005, Santillana Ediciones. |
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