| Portada | Narrativa | Poesía | Ensayo | Teatro | Literatura fantástica | ¿Quiénes somos? | |
| Enlaces y concursos | Crítica | Taller | Cine, TV, radio y cómic | Tan lejos y tan cerca | Rincones literarios | ||
| CIUDADES LITERARIAS | LUGARES A TRAVÉS DE UNA PLUMA | Libros de viajes | Tus sitios |
|
Estatua de Lord Byron en los jardines de la Villa Borghese |
ROMA: VILLA BORGHESE
Ha amanecido en Roma. Las primeras luces han ignorado las cúpulas doradas y barrocas, los arcos de triunfo milenarios, las plazas gobernadas por fuentes majestuosas, los monumentos a monarcas y generales. Las primeras luces, todas a la vez, esta mañana se han dirigido sobre una de las siete colinas: sobre el Pincio, donde se extienden la Villa Borghese y los jardines más literarios de la ciudad eterna.
Las estatuas del parque se están despertando. De su rostro van despareciendo las legañas de rocío. Bostezan nostalgia, sonríen y se adecentan para estar visibles ante los turistas, los pintores, los poetas, las musas y los corazones solitarios que pronto vendrán. Los árboles y las flores las imitan. Las escalinatas y el mirador de la Piazza del Popolo van recobrado su aspecto de acantilado de piedra domesticada. Una balaustrada que serpentea, un camino de asfalto unen el parque y la plaza ovalada y señorial. Cada adoquín podría impartir una lección de historia contemporánea. En Villa Borghese, la noche ha sido larga; hubo fiesta en palacio. La anfitriona se llama Paulina y se apellida Borghese. No es una mujer cualquiera, pues necesita un desfile de adjetivos para ser definida: hermosa, rica, orgullosa, frívola, infiel, caprichosa, vanidosa, aristocrática. Ha enviudado recientemente y aprovecha los días previos a su segundo desposorio para divertirse. Es bella y se rodea de más belleza, de la masculina. Su hermano, Napoleón Bonaparte, la ha desterrado a Italia. En París su mala reputación agita la corte, descarría matrimonios, despista al hombre que ha previsto modernizar el mundo. Paulina ha organizado una fiesta en palacio, y no ha invitado a ninguna marquesa ni condesa de la alta sociedad capitalina. Se ha hecho acompañar de poetas, de pintores, de casanovas, de héroes. A la fiesta están invitados los espíritus de los emperadores romanos cuyos bustos dan renombre a la colección de arte de la familia. Nerón no se aleja de las antorchas que iluminan el salón; alguien le ha comentado las propiedades del azufre; en sus ojos Roma es un festín de llamaradas. Octavio sigue mirando mapas e imaginando campañas bélicas. Apolo y Dafne han llegado de la mano del joven Gian Lorenzo Bernini, que anda muy ocupado por la simetría de la columnata de la plaza de San Pedro. La mayoría de las estatuas del parque que abrazan la villa también han recibido su invitación. Goethe y Lord Byron han huido por unas horas de su pedestal. A ambos les encantará la escultura que de la anfitriona ha hecho Canova. Para la ocasión, Paulina posó semidesnuda, con una manzana en la mano, se sintió Eva. Todavía ignora que no conocerá el paraíso, que morirá joven, lejos de la gloria y los fastos. Víctor Hugo no vendrá. Sufre mal de amores, una tabernera de la plaza Navona le ha robado el corazón y ahora su pluma trabaja arduamente para conquistarla. Stendhal, recién llegado de Florencia, dormirá en una fonda de mala reputación de la Vía Corso. Todavía conserva el ímpetu del joven Fabricio, el protagonista de su novela La cartuja de Parma. Savonarola conspira detrás de un busto de Calígula. Paulina le ha pedido a Goethe que recite algún fragmento de Werther. Se ha hecho de rogar, pero al final ha accedido. Ella le ha prometido una noche de amor a cambio. Sólo en Roma se pueden hacer este tipo de negocios. De un bolsillo del abrigo de pana hecho por un sastre de Leipzig, Goethe ha rescatado un ejemplar de la segunda edición. Tras la breve lectura, la audiencia le aplaude; él huye de la pregunta que flota en el aire de media Europa literaria: ¿quién es, realmente, el joven y enamoradizo Werther? Lord Byron, recién separado de Isabella Milbanke, pronto partirá rumbo a Grecia, allí le espera la eternidad. Tras el recital, el fantasma del papa Pablo V desciende la escalera principal, cabizbajo, desmejorado por el paso de los siglos y el juicio de la historia. Mil veces pide perdón a los asistentes por haber considerado heréticas las teorías de Nicolás Copérnico y Galileo. En sueños ha descubierto que la tierra es redonda, que no es el centro del universo, que los evangelios no saben de astronomía. Paulina Borghese siente lástima por él y le promete que juntos sobrevolarán Roma en el globo aerostático que espera impaciente en un rincón del parque, no lejos de un campo de limoneros ni del lago.
Al final de la velada, un criado joven y atlético, con el que seguramente la anfitriona hará el amor, descorre una cortina de seda oriental. Una catarata de aplausos se desata tras la visión de la escultura de Canova. Paulina, además de bella, ahora es inmortal. Está en el mismo peldaño que Ajax, Hércules, Hermafodrita, Perséfone, Diana, Flora, Juno, que el resto de las estatuas de divinidades clásicas que se pasean por las estancias del palacio y ante los ojos de los visitantes parece que están quietas. Que Roma es la ciudad eterna se presiente en infinidad de lugares, pero sólo en uno se tiene la certeza de ello: en Villa Borghese. El palacio y los jardines fueron encargados en 1605 por el cardenal Scipione Borghese, sobrino favorito de Pablo V. La construcción es obra de Vasanzio i los jardines fueron diseñados por Savino. A principios del siglo XIX el príncipe Camilo Borghese reunió la espléndida colección de arte de la familia, formada por obras de Tiziano, Caravaggio, Bernini, Canova, Bordone, Rafael, Ribera, Albano y Carracci, entre otros. Esta colección se exhibe en el palacio actualmente. A principios del siglo XX la decadencia económica de los Borghese era patente y la villa fue vendida al estado italiano, que posteriormente la cedió a la cuidad para uso y disfrute de romanos y turistas.
Villa Borghese se halla dentro del parque del Pincio, un espacio público de unas 80 hectáreas situado en el centro de la capital italiana. Las avenidas ajardinadas fueron diseñadas por Valadier a principios del XIX. Hay varias entradas al parque, la más monumental de las cuales es la plaza Flaminio. Tiene seis kilómetros de perímetro y alberga museos, galerías de arte, palacetes, escuelas de arqueología, un zoo, un anfiteatro, un lago artificial, fuentes, centenares de estatuas neoclásicas… Cerca de la plaza de Siena, se halla la residencia del pintor Rafael. Paseando por el parque se pueden contemplar las estatuas de Goethe, Byron, Víctor Hugo, Dante, Petrarca, Cervantes, Chateaubriand, Pitágoras... El jardín posee un lago artificial con un templo dedicado a Escolapio, dios de la salud. Rodeada de flores se halla la Fuente de los Faunos, de estilo art nouveau. Dentro del recinto se halla el palacio de Pío IV, que en la actualidad alberga la embajada de Italia para la Santa Sede.
Joan Mas, 2005 |
|
|
Bibliografía y páginas web recomendadas: www.villaborghese.it/ www.galleriaborghese.it www.wikipedia.org/wiki/Villa_Borghese |
||