| Portada | Narrativa | Poesía | Ensayo | Teatro | Literatura fantástica | ¿Quiénes somos? | |
| Enlaces y concursos | Crítica | Taller | Cine, TV, radio y cómic | Tan lejos y tan cerca | Rincones literarios | ||
| Recursos y técnicas | Consejos | Ortografía | DICCIONARIO de figuras | Prácticas del taller |
|
Estábamos estudiando el tema de descripción y propuse a los alumnos que dibujasen con sus palabras a un escritor con su máquina de escribir tratando de inspirarse. Este es el ejercicio realizado por Eliseo.
DESDE UNA MÁQUINA DE ESCRIBIR
“Olimpia”, alta, pesada, compacta. Unos escalones sucesivos de letras formaban su estructura gastada. Una acción rápida y casi acrobática hacía saltar las teclas una por una desde su rincón perdido. La vieja máquina de escribir era casi perfecta. De color gris, siempre gris y algunos corroídos y oxidados puntos indicaban que ya muchos años habían pasado por ella. Estaba siempre acompañada por sonidos característicos que la identificaban: el “tac, tac, tac”, y el “ranchhh”, que indicaba que ya había que pasar al renglón siguiente. Su estructura gastada hacía que se atascase de vez en cuando, pero unos suaves golpecillos la devolvían lentamente a su carril.
Sujeta al rodillo, ni más arriba ni más abajo, siempre esperaba su hoja en blanco. Blanco puro, casi inerte, provocador, centrado, un misterio de donde podía salir una verdad o una falsa esperanza. Ella esperaba allí al viejo teclado que la cubriría poco a poco con letras ordenadas y legibles. Era compañera y confidente a la hora de los sueños y acusaba a la hora de leerla.
Como jugando el escritor lanzó unas letras: la "h", después la "o", seguida de la "l" y la "a", y ya este folio blanco quedó cubierto de vida… “hola”. Se dio cuenta que la inocencia se había roto y la vida comenzaba a caminar. Era casi un espejo donde podía mirar a su interlocutor, que era él mismo, y se dejó llevar por sus alborozados secretos. Lanzó un montón de letras, una a una, como huyendo de sí y de nuevo al espejo. En esa observación casi orgánica se detuvo, algo en él estaba fuera. Con fuerza retrocedió el sillón de madera y se levantó a caminar por su habitación dando largos trancos. Exhausto, extraño, pensó que era necesario volver a reflexionar tantas veces como fuera necesario. Caerían muchos folios en blanco y manuscritos inseguros. El escritor estaba parado al frente su ventana, quiso volver a pensar y no pudo. Vio la ciudad casi muerta y sobre los tejados una línea sorprendente que separaba la vida que estaba allí y su presencia vacía. Especie de corazón en trance, su alma perturbadora no le permitía concentración y observó la calle, las gentes, la otra parte de la vida que no era él, y sin embargo era él quien quería darle vida con impulsos intensos o pausados en su vieja máquina de escribir. Eliseo, 2004 |