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Esta breve prosa poética surgió a raíz de un ejercicio del taller donde se pedía a cada alumno seleccionar una pieza musical que le gustase de forma especial y dejarse llevar por ella. Margarita eligió el Adagio de Albinoni, y esto es lo que le inspiró.

 


EN LA PLAYA


 

Permanecía inmóvil sobre la playa blanca, el mar le soplaba aromas de sal que la abrazaban bajo su blusa. En su cara enrojecida se asomaban dos islotes del mismo mar que escrutaba, deshaciéndose en sal y tristeza. Cada día su recuerdo regresaba, mostrándole de nuevo las velas blancas que se alejaban, henchidas y orgullosas, a destinos ignorados y revivía de nuevo aquel tiempo anterior al desconsuelo, en el cual vestigios de felicidad emergían de entre las ruinas de su alma.

 

En una lejana noche de luna negra y blancas estrellas él le hizo la promesa de su regreso. Ella creyó su mirada franca, pero fue cuando nació su zozobra. ¡Cuánto poder tenían aquellas tierras ignotas! Cantos de sirena que hechizaban el alma de los más sensatos… Su isla reseca, donde las casas encaladas deslumbran al sol, se le había quedado pequeña, y ella no pudo calmar su ansia. Zarpó al alba, cuando las promesas son perfectas y los sueños son verdades. Ella le despidió con una caricia en sus labios y súplica en la mirada.

 

El tiempo, cruel verdugo, hizo mella en su piel; sus manos, ahora ajadas, recogen su pelo canoso y escaso, y una vez más yace en la arena de la playa, avistando, con sus ojos hundidos y exhaustos, la lejanía. Le lleva al mar su lamento por una vida no vivida, vistiéndose de triste sosiego día tras día.

Margarita Barceló, 2005

 

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