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Muchos veces propongo un ejercicio bien sencillo: abrir el diccionario sin pensar y dejar caer el dedo sobre una palabra. A partir de ella, sea cual sea la que haya tenido a bien aparecer, hay que desarrollar una pequeña historia, o larga, depende. Se trata de usarla de trampolín para empezar a escribir.
ETARRA
Un verano, hace tiempo, iba caminando con mi amiga Bego por las calles de Bermeo, donde pasaba unos días en su casa. Con sorpresa vi salir unos chicos de un local; su apariencia era muy diferente a la que estaba acostumbrada: llevaban ropas oscuras y una boina negra, pelo largo y barba. Ese mundo era desconocido para mí… el País Vasco, lleno de incertidumbre y de misterio; su gente orgullosa e independiente. Ellos eran diferentes, vestían y hablaban de distinta forma; me encantó su originalidad, admiré su personalidad, comprendí su idealismo.
Uno se dirigió a mí y me dijo algo que no comprendí. Yo le contesté que no le entendía; su gesto, entonces, fue de desprecio. En ese momento, toda la admiración que antes había sentido se transformó en incomprensión. No entendí por qué se negaba a acercarse a mí. No entendí su agresividad con los que no eran como ellos. No entendí por qué se cierran al mundo, por qué no comparten la humanidad, por qué esa ceguera puede llegar a crear tanto daño, sesgar vidas y producir tanto sufrimiento.
No sé si esos chicos eran etarras o si sólo era un idealismo por su país malinterpretado. Sólo sé que aquél momento me hizo pensar en el mundo vasco, en su situación, en su dolor y en el dolor que han creado a los demás. Luego seguí paseando con mi amiga que, aunque vasca, era igual que yo.
Mercedes Segura, Agosto 2005 |