UNA NOCHE ETERNA
“Y cerrando los ojos,
intentó dormir… pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto
volvió a incorporarse, más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una
ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse,
y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas
pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado y a su compás se oía
crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se
movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un
grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y
contuvo el aliento. El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la
fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de
los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad
de Soria, unas cercanas, otras distantes, doblaban tristemente por las
ánimas de los difuntos. Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque
la noche aquella pareció eterna a Beatriz”.
(G. A.
Bécquer, Leyendas: El monte de las ánimas. Edaf, Madrid, 1987) |
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