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¿Por qué el teatro?
Estamos viviendo tiempos de relatos y novelas, en donde nos lo están suministrando todo cocinado, calentado y a veces hasta masticado para que lo podamos engullir cómodamente en los pocos ratos libres que nos quedan entre las tareas diarias, el trabajo y la obligada vida social. No tenemos que pensar y no tenemos tiempo para hacerlo.
El teatro y la poesía han quedado hace tiempo en un peligroso segundo plano como tantas especies animales en peligro de extinción. En los últimos tiempos, sin embargo, pude comprobar con alegría que el arte escénico ha decidido sacar del baúl de los recuerdos obras de Lorca, Shakespeare Moliére o Dario Fo, adaptándolas a las exigencias del público de hoy y consiguiendo que se conciban como un acto cultural de cierta importancia, en el paisaje plagado de musicales y películas con evidente tendencia comercial.
Pero, ¿qué es el teatro?, ¿por qué nos atrae y nos desconcierta a la vez? ¿Está para ser leído o declamado sobre un escenario? ¿Cómo y cuando empezó su andadura por el mundo?
Suponemos que el teatro entró en la vida de la humanidad de la misma manera que lo hizo en la vida de todos nosotros, como un juego. Hace unos pocos años, cuando apenas existían ordenadores, videoconsolas y otros artefactos parecidos, producidos por la gran industria para enseñar a los niños a jugar en soledad, ante una pantalla desprovista de todo lo que le es propio al ser humano, se solía jugar en compañía de uno o más amigos. Para eso nos inventábamos historias, que se transformaban en juegos, que perduraron de generación en generación independientemente del rincón del mundo donde uno haya podido nacer. ¿Quién no ha jugado a “mamas y papás” a “policías y ladrones”?, ¿quién no ha montado alguna vez una tienda de comestibles con una silla de mostrador y con unos granitos de arroz o unos cuantos garbanzos, como mercancía de inestimable valor?, ¿y quién no ha tenido un teatro de títeres o a un amigo que lo tuviera? Así hemos empezado y aprendido todos a asumir el rol de uno u otro personaje, imitando a nuestros padres, a las personas que veíamos aparecer en los telediarios o a la vendedora de la tienda de la esquina. El teatro, o mejor dicho el primer escalón de lo que entendemos como teatro, nos estaba envolviendo sin darnos cuenta desde nuestra infancia. Dicho sea de paso, que luego aprendimos a utilizar muchas otras máscaras y a asumir innumerables papeles en el gran teatro de la vida, utilizándolos para protegernos o para conseguir el beneplácito de aquellos que no parecían estar por la labor de concedérnoslo, o por cualquier otra razón más o menos lícita.
Volvamos, sin embargo, a la cuestión que nos preocupaba al principio: ¿cómo apareció el teatro en la vida de la humanidad? Las teorías existentes entienden que, en sus comienzos, se limitaba a ser la imitación de un suceso ocurrido en la naturaleza o provocado por el ser humano, como por ejemplo las hazañas de un cazador que, de vuelta a su tribu, contaba lo ocurrido durante el día a través de gestos, imitando la escena de peligro que acababa de vivir. Después, tal vez la pedía a algún compañero que vistiera la piel del animal para así conseguir hacer su historia más creíble. Es posible que con el tiempo estas representaciones se vieran acompañadas o que incluso se transformaran en cantos y bailes, representando una actividad determinada, como todavía hoy lo podemos ver en las costumbres de algunos pueblos aislados de África, Centroamérica u Oceanía, pero todo esto no lo sabemos. Son suposiciones nacidas de la lógica de los seres del mundo de hoy, que ya poco tienen en común con la mentalidad o la manera de ser y actuar del hombre primitivo.
La cuna de aquello que hoy entendemos por teatro en occidente, la encontramos en la Grecia del siglo VI y V a.C., donde los atenienses celebraban ritos en honor a Dionisos. Inicialmente se trataba de ciertas danzas rituales (ditirambos) dedicadas al dios del vino y de la fertilidad, pero con el tiempo estos rituales adquirieron cierto valor literario y se fueron difundiendo por gran parte del territorio de la Grecia de aquellos tiempos, llegando incluso hasta Tebas y hasta las islas de Paros y Naxos. Al principio los ditirambos eran interpretados por el coro, pero con el tiempo se impuso la idea de destacar a uno de lo intérpretes y crear de esta manera un diálogo dramático, acontecimiento considerado hasta hoy como primer paso para el futuro desarrollo de la tragedia y, por lo tanto, del teatro en general.
Sólo un siglo más tarde, aproximadamente a partir del año 500 a. C., la tragedia griega alcanzó su edad de oro con las obras de Esquilo, Sófocles y Eurípides, quienes fijaron la forma de la tragedia tal y como la podemos seguir reconociendo hasta hoy, con sus cuatro componentes básicos: la acción, el conflicto, la caracterización y la resolución. Sófocles trasportó al teatro la leyenda de Edipo, creando el “Ciclo tebano”, del que caben destacar Edipo rey o Antígona, obras que han sido fuente de inspiración y de creación para innumerables dramaturgos y artistas a través de los siglos.
Llegados a este punto, nos podemos preguntar de dónde surge la fascinación que todavía nos invade al recordar el teatro griego. Friedrich Schiller, el gran poeta y dramaturgo alemán, decía que "Los griegos nunca se avergonzaban de la naturaleza, daban todos sus derechos a los sentidos al estar seguros, sin embargo, que nunca iban a ser dominados por ellos… Nunca buscaban su gloria en la indiferencia hacia el dolor, sino en la capacidad y la manera de soportarlo, sintiéndolo a la vez plenamente.” Quizás sea esta misma capacidad de sobreponerse a los impulsos e instintos a través de la razón, esta catarsis del ser humano, aquello que nos conmueve todavía ante la tragedia. Hoy, “el gran teatro clásico ya no existe”, afirmaba Arthur Miller. El arte dramático en su totalidad ha ido cambiando y adaptándose a la realidad histórica a través de los tiempos cumpliendo con su función de espejo y gran crítico de la sociedad. En la Edad Media tomó los hábitos y representó escenas bíblicas, para luego poder encontrar una manera de escapar de la estricta doctrina eclesiástica en forma de Entremés, Sainete o Tragicomedia. Más tarde, se fundió en mil moldes para hablarnos a todos y cada uno de nosotros. Llamó al absurdo en su ayuda y ahondó hasta en los mundos de sueño del surrealismo. Fue épico, social, realista, existencialista, político, agitador y experimental. Intentó ser mimo para hablarnos sin palabras y se empeñó en hacernos sonreír y reír a carcajadas con sus comedias.
El teatro es y ha sido siempre una forma de libertad, un atrevimiento ante la vida, un revolucionario sutil, un amigo para cada espectador y lector que se haya dejado abrazar durante un instante por la magia de este mimo sin patria y sin idioma, de este loco andante, aventurero y buscador de verdades.
Quizás no haya respondido a todas las preguntas que planteaba al principio de este ensayo. Supongo que hace falta una vida dedicada al teatro para poder encontrar respuestas a estas y a muchas más preguntas que surgen cada vez que nos acercamos al mundo que rodea a este género de la Literatura. Dejo la tarea en vuestras manos. Disfrutad del teatro, aprended a quererlo, si así os place, y contadme lo que habéis descubierto. Elena Salajan, 2005 |