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YERMA EN PALMA DE MALLORCA por Elena Salajan
Yerma vino a Palma el fin a mediados de septiembre (2005). Salió de su pequeño pueblo andaluz y llenó la noche isleña con la grandeza de su soledad y con el digno lamento por su trágico destino.
Ella, la que empezó su camino en un escenario de Madrid en 1934, volvió a emocionarnos después de más de ochenta años de su nacimiento. En esta ocasión fue Rafael Duran el que la acompañó hasta nuestros corazones. El decidió presentarla como a una contemporánea y descubrió bajo el manto de su historia antigua y rural aquellos hilos que la unen con la tragedia griega y por lo tanto la hacen inmortal.
El profundo deseo de Yerma de encontrar la plenitud como mujer a través del nacimiento de un hijo, es un deseo tan ancestral como actual y universal para la gran mayoría de las mujeres. Ella no es, por lo tanto, solo un personaje que pertenece a una época lejana, sino una luchadora atemporal por un deseo atemporal, una mujer cuyo destino podría ser el de cualquiera de las mujeres con las que nos cruzamos a diario.
Además, la Yerma que pudimos ver sobre el escenario no se queda solamente anclada en la necesidad de cumplir su deseo de ser madre. Su trágico destino surge quizás todavía más, de su encarnizada y a la vez sutil lucha contra la soledad y por la libertad. Yerma no es una mujer sumisa, sino una persona que quiere ser querida y respetada. Ella se enfrenta a la mentalidad simple y estrecha de Juan, su marido, y busca desesperadamente en todos aquellos que la rodean un apoyo moral y una respuesta a la injusticia que siente que está viviendo.
Aparentemente tiene todo aquello que una mujer de su tiempo y condición podría desear: una casa, un marido trabajador, una vida sin preocupaciones materiales. Sin embargo, su espíritu no se limita a encontrar la felicidad en el sosiego material. Ella busca la plenitud emocional, física y mental y al reconocer que no las puede hallar en el hombre al que fue entregada, encuentra en “el hijo que ha de nacer” una posibilidad para conseguir el deseado equilibrio. Pero el hijo no nace. El hombre que tiene a su lado ni siquiera nutre el deseo de tener un hijo y si el deseo no existe en el corazón de ambos, el milagro no se puede cumplir.
Yerma mata a su marido y la obra termina con su lamento: “¡He matado a mi hijo!”. Sin embargo, se podría decir que esta muerte es solo la traducción física de un hecho ya consumado mentalmente. Su hijo estaba ya “muerto” antes de nacer porque Juan nunca lo había deseado.
Tanto la escenografía, escueta y simbólica como el vestuario y la banda sonora, acompañaron la idea de presentar una Yerma atemporal y universal.
El director Rafael Duran intentó y consiguió crear un ambiente en el que el espectador de hoy se pudiera reconocer, y plasmó unos personajes cargados de simbolismo. En la Vieja Pagana pudimos reconocer rasgos de la Celestina, o de cualquier vieja y sabia mujer de las obras de Shakespeare. A Las Cuñadas las disfrazó de cuervos con faldas, recordando a tantos y tantos personajes de su misma hechura que encontramos en innumerables obras de teatro, novelas o incluso en antiguas películas. El mismo declaró que quería traer sobre el escenario una Yerma “anti-realista”, dado que el teatro es ilusión y se debe nutrir de esta su esencia. Lo consiguió y además, al devolver la ilusión al teatro logró abrir los horizontes de una antigua historia, ampliando su significado para que el espectador pudiera encontrar aquellos puntos en los que su alma llegara a vibrar junto a la trágica lucha de Yerma. Elena Salajan, 2005 |